viernes, 29 de septiembre de 2017

Aisladamente conectados



Una persona parada con los pies en la tierra implica muchas cosas. Pero recortemos una de ellas. Imaginemos que esa persona esta quieta, triste, por el motivo que sea y está mirando hacia abajo. Hacia sus pies que ya no pueden moverse y buscan despegarse lentamente del suelo.
No pueden. Le crecen las raíces que representan el pasado. Ese que trae una carga tensa. Se acuerda de una frase de un musical que le vino a la mente: “el tiempo es hoy”.  Y los pies empiezan a despegarse del piso, a alejarse de las penas que arrastraban. Lentamente, entre un paso y otro, empiezan a danzar al compás de una música que suena a los lejos. Y siente que el cuerpo empieza a levitar. Se ahogan los viejos pensamientos en el mar de lágrimas que había dejado de tanto llorar y siente un fuego interior que lo impulsa a buscar calor en un abrazo de la persona que tiene al lado que venía sintiendo lo mismo. La energía es otra. Se curan las penas. Sanan las tristezas. Se baila bajo la naturaleza.
Danzan los animales de la selva en busca de un mundo posible entre afectos, caricias y abrazos. De abajo hacia arriba la energía impulsada desde el piso pasa por los pies donde habitaban las penas hasta convertirse en un poder único que sólo tienen quienes exorcizan las penas en movimiento, en baile, ahuyentando los fantasmas.
Lo mismo pasa con la música y las canciones, esa bestia que nos hace sacar toda la mierda que habita en nosotros mismos y sentirnos más livianos una vez cantado lo cantado, dicho lo dicho y contado lo cantado, rompiendo las cadenas del silencio en que nos vemos inmersos y que no podemos romper por el miedo al qué dirán, a que nos tilden de locos, y que lo dicho no cuaje en el “sistema del lenguaje coherente”.
Las incoherencias son parte de la vida, plagada de incoherencias. Los sujetos nos hacemos carne de ellas cuando  estamos socialmente ensimismados con la cara alumbrada mirando un aparato, ese que nos aleja cercanamente a otra persona, que no vemos, pero que está ahí en busca de nuestra soledad, sin lograr sosegarla.  

lunes, 26 de junio de 2017

Antinomias



Viejas antinomias se hacían carne de la vida de estos seres que confluían en un evidente estado de estabilidad que prontamente iba a ser turbado por la problemática perenne y continua que se hace flor en cada pareja, en cada uno de sus mundos, que buscan futuras calmas a su hambrienta sed de felicidad, a su verduga soledad. Hoy son ellos, mañana no se sabe.
Así es la vida después de todo. Ciegas costumbres que derivan en estados de pereza móvil e inercia que se ve lentamente o abruptamente perturbada por un sacudón que nos despierta de ese letargo letal que nos va matando día a día.
Parece que depositamos nuestra libido en cosas que quizás carezcan de importancia para poder huir de la quietud, de la serenidad y la molesta tranquilidad que nos permite ver y profundizar sobre cuestiones que tenemos metidas en la piel y que no nos deja avanzar. Nos carcome como un cáncer que te va desdibujando en lágrimas y te va limpiando de las penas que llevamos dentro que se vuelven imposibles de destruir eternamente y resurgen en nuevas formas y en nuevos objetos y sujetos. Pero siempre están ahí esperando ser exorcizadas.
¿Por qué las antinomias? Un choque de sentimientos y una síntesis. La alegría y la tristeza. El dolor y el placer. El ánimo y el desánimo. El odio y el amor. La vida y la muerte. La muerte. Esa que nos espera definitivamente al final sin preguntarnos si hemos vivido lo suficiente, a la que no le importa si hemos perdido el tiempo en cosas nimias, sin importancia, a la que no le importa si la vida fue gastada en consumo superfluo, en problemas que no tienen tal entidad, si no hemos perdido en la duda del abrazo que quedó trunco en un ser querido por miedo a qué pensará, o por el simple miedo al rechazo. Y finalmente sí, la lágrima que rueda por la mejilla que da cuenta que estamos creciendo en estas cuestiones que nadie ve en lo vertiginosa que se nos hace esta vida que nos estrellará en definitiva a lo oscuro, a ese lugar olvidado en el correr que implica el quehacer diario y cotidiano mientras lo demás, lo importante se desvanece en horarios que tenemos que cumplir.
Sin hablar de esas pantallas que nos carcomen la comunicación, el verbo, la palabra de quien no estamos mirando. Porque nuestra mirada está en otro lado, porque nuestra atención esta en otras vidas descuidando la que tenemos al lado.
Algo similar les ocurrió a ellos. Descuido. Desatención. Los carcomió la quietud de sus almas, las faltas de sonrisas y la abundancia de esas lágrimas los fue ahogando en un abismo donde ya no se veían. O sí. Pero empañados por el dolor. Se querían tocar y ya no llegaban. Se querían abrazar y los brazos estaban cortados de tanta puñalada y tanta herida. Ya no estaba ni la mirada.
Sin embrago, un nuevo renacer esperaba por ellos. La guadaña fue escondida y la muerte se arrepintió. Los abrazó y los dejó escapar por caminos bifurcados. A cruzarse con otros mundos. Con otras realidades. Con otras emociones. Con otra vida, la nueva, la que no tiene alianzas ni tiene banderas, cuya ideología es sembrada segundo a segundo, donde cayeron todas las estructuras estériles y donde no hay modelos a seguir más que el camino que se hace al andar. Y en el camino se cruzaron. Y después de haber sido tan heridos, con lo que le quedaban de brazos se volvieron a abrazar. Y volvieron a creer. Y en medio de la muerte volvieron a nacer en un amor eterno, o no.

viernes, 23 de junio de 2017

Vida



Si digo de pronto, exagero. De pronto no tiene nada. Da vueltas y vueltas pasando por al lado. Lo roza. Lo prende y lo vuelve a apagar. El monitor se apaga como muestra de lo mismo de todos los días. Este pibe me hace siempre lo mismo. Me amaga y me deja, diría si hablara. Siempre me deja clavado sin saber lo que me quiso decir.
Por fin se animó. Y me está diciendo algo que no logro entender. Ni él se entiende. Dio más vueltas que una sonrisa viviente de la mona lisa. Ahora quiere hablar y no dice nada. Cada palabra que escribe balbucea como si la estuviera hablando. Tiene mucho por decir pero no sabe por dónde empezar. Creo que ya puso la pava unas trescientas veces. Se tomó dieciochomil mates y se sentó a leer en más de una oportunidad. Porque cree que para escribir hay que leer antes, para ser más claro al expresar. Pobre. Tiene un lío en esa cabeza que pretende ser multidisciplinaria sin hacer nada bien. Nada lo regocija. Está haciendo algo y cree que podría hacer lo otro. No disfruta de lo que hace. Se retorcija ante el menor pensamiento. No desenrolla. No saca el taparrollos y limpia la mugre que hay detrás. Se deja embrollar fácil por los fantasmas que lentamente desnudan sus miserias más absurdas.
Y ahora que le toca el turno no sabe qué decir. Está frente al monitor. No sabe cómo arrancar a decir. Y es mucho lo que tiene que decir. Hace un montón de tiempo que no se da el tiempo ni el momento oportuno para hacerlo. Pero está trabado de inactividad, de enmohecimiento cerebral y de idiotez repetitiva y rutinaria que nacen de los días de hastío de llevar una rutina de vida para vivir, cual si hubiera estado programado para eso.
Se sumerge constantemente en la pantalla de su celular para ver quien está detrás del sinfín de sonidos y emergencias falsas que emanan de ese aparatito acaparador de la incomunicación. Toca con sus dedos el par de mentiras que va a esbozar en una excusa que designa para no ir. Para no estar a la altura de la realidad que lo reclama diariamente.
Se somete otra vez a la pantalla sin saber que decir. Esta obnubilado por una realidad que lo supera. Que le pasa inadvertida, que lo sobrepasa y que no lo hace reaccionar. Parece que camina en cámara lenta y la realidad lo contrasta con la velocidad de la luz.
Con las manos puestas en el teclado, baja la cabeza. Mira al piso. Y ve que en el movimiento de caída de la cabeza cae una gota de agua que salió de una de sus pupilas ardientes de deseo de mirar y no poder ver a causa del empañamiento de la visión. Vuelve a mirar el monitor y empieza a escribir.
Se desangra en una escritura que fluye como un manantial al cual recién le han sacado la represa que lo contenía con la habilidad de la caída de la naturaleza, inevitable, ineludible, majestuosamente doliente.
Se queda más tranquilo. Sabe que con eso esta por hoy. Para no hablar de más deja de escribir. Mira hacia el costado y tiene cosas que lo elevan a los más sublime de su ser. Sus afectos. Que son en definitiva, todo lo que importa en esta maraña de caos interminable que dio en llamarse vida. 

11.639 visitas al 30 de setiembre de 2017