lunes, 4 de diciembre de 2017

Las Palabras contra Los Hechos



Las palabras nos conducen a un sitio inexplicable. El que no decimos. El que queda en silencio. Lo que no se dijo y quedó adentro nuestro.
Son un vehículo en el cual viaja también lo que no se manifiesta. Lo que queda en nuestra intuión. Construir lo que huele mal. Lo incómodo. Lo que no tiene verbo.
Cada ruido engendra un silencio que escuchamos y que queda en nosotros descifrar. Lo que queda latente. Lo que sin prejuicio alguno se manifiesta tarde o temprano en algo inexplicable para la recta razón humana y las “buenas costumbres”, que inútilmente y en vano intenta darle un juicio a todo aquello que atraviesan los sentidos.
Lo que no se dijo queda en el escucha y en el inconsciente del que emite ese mensaje textual que busca un paratexto y un “no te lo digo porque te lo estoy diciendo de esta manera”.
Se ve inmerso en una nebulosa aquel que intenta descifrar textualmente un mensaje despojándose de toda intención, de todo miedo, de toda angustia, de toda decepción de la persona que lo emite.
Las cosas son y no son al mismo tiempo, a contrario sensu de las cosas son o no son del Hamlet acongojado con una calavera que chillaba “ser o no ser…esa es la cuestión”. Simplemente, así de complejo es el asunto y uno tiende a querer simplificar lo complejo de la vida, no haciendo más que quedarse tranquilo con ese resultado reduccionista.
La cuestión es mucho más compleja de lo que nuestro infinito cerebro se anima a pensar, cuando lo hace. Va mucho más allá de la búsqueda de la perfección griega, que es aquello a lo que se aspira inútilmente.
Es mucho más complejo que la tan trillada búsqueda de la felicidad encontrándose como una fórmula mágica en un libro de autoayuda. Lo que queda, lo que no se ve en la palabra, lo que no se escucha en la voz de los callados y los que hablan hasta por los codos, sin decir nada, es el inicio de la tranquilidad espiritual, luego de la tormenta que significó haberlo revelado luego de haberse quitado la máscara (término que significa “persona”) en la que se ocultaba aquello que no quisimos revelar nunca.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Aisladamente conectados



Una persona parada con los pies en la tierra implica muchas cosas. Pero recortemos una de ellas. Imaginemos que esa persona esta quieta, triste, por el motivo que sea y está mirando hacia abajo. Hacia sus pies que ya no pueden moverse y buscan despegarse lentamente del suelo.
No pueden. Le crecen las raíces que representan el pasado. Ese que trae una carga tensa. Se acuerda de una frase de un musical que le vino a la mente: “el tiempo es hoy”.  Y los pies empiezan a despegarse del piso, a alejarse de las penas que arrastraban. Lentamente, entre un paso y otro, empiezan a danzar al compás de una música que suena a los lejos. Y siente que el cuerpo empieza a levitar. Se ahogan los viejos pensamientos en el mar de lágrimas que había dejado de tanto llorar y siente un fuego interior que lo impulsa a buscar calor en un abrazo de la persona que tiene al lado que venía sintiendo lo mismo. La energía es otra. Se curan las penas. Sanan las tristezas. Se baila bajo la naturaleza.
Danzan los animales de la selva en busca de un mundo posible entre afectos, caricias y abrazos. De abajo hacia arriba la energía impulsada desde el piso pasa por los pies donde habitaban las penas hasta convertirse en un poder único que sólo tienen quienes exorcizan las penas en movimiento, en baile, ahuyentando los fantasmas.
Lo mismo pasa con la música y las canciones, esa bestia que nos hace sacar toda la mierda que habita en nosotros mismos y sentirnos más livianos una vez cantado lo cantado, dicho lo dicho y contado lo cantado, rompiendo las cadenas del silencio en que nos vemos inmersos y que no podemos romper por el miedo al qué dirán, a que nos tilden de locos, y que lo dicho no cuaje en el “sistema del lenguaje coherente”.
Las incoherencias son parte de la vida, plagada de incoherencias. Los sujetos nos hacemos carne de ellas cuando  estamos socialmente ensimismados con la cara alumbrada mirando un aparato, ese que nos aleja cercanamente a otra persona, que no vemos, pero que está ahí en busca de nuestra soledad, sin lograr sosegarla.  

lunes, 26 de junio de 2017

Antinomias



Viejas antinomias se hacían carne de la vida de estos seres que confluían en un evidente estado de estabilidad que prontamente iba a ser turbado por la problemática perenne y continua que se hace flor en cada pareja, en cada uno de sus mundos, que buscan futuras calmas a su hambrienta sed de felicidad, a su verduga soledad. Hoy son ellos, mañana no se sabe.
Así es la vida después de todo. Ciegas costumbres que derivan en estados de pereza móvil e inercia que se ve lentamente o abruptamente perturbada por un sacudón que nos despierta de ese letargo letal que nos va matando día a día.
Parece que depositamos nuestra libido en cosas que quizás carezcan de importancia para poder huir de la quietud, de la serenidad y la molesta tranquilidad que nos permite ver y profundizar sobre cuestiones que tenemos metidas en la piel y que no nos deja avanzar. Nos carcome como un cáncer que te va desdibujando en lágrimas y te va limpiando de las penas que llevamos dentro que se vuelven imposibles de destruir eternamente y resurgen en nuevas formas y en nuevos objetos y sujetos. Pero siempre están ahí esperando ser exorcizadas.
¿Por qué las antinomias? Un choque de sentimientos y una síntesis. La alegría y la tristeza. El dolor y el placer. El ánimo y el desánimo. El odio y el amor. La vida y la muerte. La muerte. Esa que nos espera definitivamente al final sin preguntarnos si hemos vivido lo suficiente, a la que no le importa si hemos perdido el tiempo en cosas nimias, sin importancia, a la que no le importa si la vida fue gastada en consumo superfluo, en problemas que no tienen tal entidad, si no hemos perdido en la duda del abrazo que quedó trunco en un ser querido por miedo a qué pensará, o por el simple miedo al rechazo. Y finalmente sí, la lágrima que rueda por la mejilla que da cuenta que estamos creciendo en estas cuestiones que nadie ve en lo vertiginosa que se nos hace esta vida que nos estrellará en definitiva a lo oscuro, a ese lugar olvidado en el correr que implica el quehacer diario y cotidiano mientras lo demás, lo importante se desvanece en horarios que tenemos que cumplir.
Sin hablar de esas pantallas que nos carcomen la comunicación, el verbo, la palabra de quien no estamos mirando. Porque nuestra mirada está en otro lado, porque nuestra atención esta en otras vidas descuidando la que tenemos al lado.
Algo similar les ocurrió a ellos. Descuido. Desatención. Los carcomió la quietud de sus almas, las faltas de sonrisas y la abundancia de esas lágrimas los fue ahogando en un abismo donde ya no se veían. O sí. Pero empañados por el dolor. Se querían tocar y ya no llegaban. Se querían abrazar y los brazos estaban cortados de tanta puñalada y tanta herida. Ya no estaba ni la mirada.
Sin embrago, un nuevo renacer esperaba por ellos. La guadaña fue escondida y la muerte se arrepintió. Los abrazó y los dejó escapar por caminos bifurcados. A cruzarse con otros mundos. Con otras realidades. Con otras emociones. Con otra vida, la nueva, la que no tiene alianzas ni tiene banderas, cuya ideología es sembrada segundo a segundo, donde cayeron todas las estructuras estériles y donde no hay modelos a seguir más que el camino que se hace al andar. Y en el camino se cruzaron. Y después de haber sido tan heridos, con lo que le quedaban de brazos se volvieron a abrazar. Y volvieron a creer. Y en medio de la muerte volvieron a nacer en un amor eterno, o no.

11.639 visitas al 30 de setiembre de 2017