viernes, 23 de junio de 2017

Vida



Si digo de pronto, exagero. De pronto no tiene nada. Da vueltas y vueltas pasando por al lado. Lo roza. Lo prende y lo vuelve a apagar. El monitor se apaga como muestra de lo mismo de todos los días. Este pibe me hace siempre lo mismo. Me amaga y me deja, diría si hablara. Siempre me deja clavado sin saber lo que me quiso decir.
Por fin se animó. Y me está diciendo algo que no logro entender. Ni él se entiende. Dio más vueltas que una sonrisa viviente de la mona lisa. Ahora quiere hablar y no dice nada. Cada palabra que escribe balbucea como si la estuviera hablando. Tiene mucho por decir pero no sabe por dónde empezar. Creo que ya puso la pava unas trescientas veces. Se tomó dieciochomil mates y se sentó a leer en más de una oportunidad. Porque cree que para escribir hay que leer antes, para ser más claro al expresar. Pobre. Tiene un lío en esa cabeza que pretende ser multidisciplinaria sin hacer nada bien. Nada lo regocija. Está haciendo algo y cree que podría hacer lo otro. No disfruta de lo que hace. Se retorcija ante el menor pensamiento. No desenrolla. No saca el taparrollos y limpia la mugre que hay detrás. Se deja embrollar fácil por los fantasmas que lentamente desnudan sus miserias más absurdas.
Y ahora que le toca el turno no sabe qué decir. Está frente al monitor. No sabe cómo arrancar a decir. Y es mucho lo que tiene que decir. Hace un montón de tiempo que no se da el tiempo ni el momento oportuno para hacerlo. Pero está trabado de inactividad, de enmohecimiento cerebral y de idiotez repetitiva y rutinaria que nacen de los días de hastío de llevar una rutina de vida para vivir, cual si hubiera estado programado para eso.
Se sumerge constantemente en la pantalla de su celular para ver quien está detrás del sinfín de sonidos y emergencias falsas que emanan de ese aparatito acaparador de la incomunicación. Toca con sus dedos el par de mentiras que va a esbozar en una excusa que designa para no ir. Para no estar a la altura de la realidad que lo reclama diariamente.
Se somete otra vez a la pantalla sin saber que decir. Esta obnubilado por una realidad que lo supera. Que le pasa inadvertida, que lo sobrepasa y que no lo hace reaccionar. Parece que camina en cámara lenta y la realidad lo contrasta con la velocidad de la luz.
Con las manos puestas en el teclado, baja la cabeza. Mira al piso. Y ve que en el movimiento de caída de la cabeza cae una gota de agua que salió de una de sus pupilas ardientes de deseo de mirar y no poder ver a causa del empañamiento de la visión. Vuelve a mirar el monitor y empieza a escribir.
Se desangra en una escritura que fluye como un manantial al cual recién le han sacado la represa que lo contenía con la habilidad de la caída de la naturaleza, inevitable, ineludible, majestuosamente doliente.
Se queda más tranquilo. Sabe que con eso esta por hoy. Para no hablar de más deja de escribir. Mira hacia el costado y tiene cosas que lo elevan a los más sublime de su ser. Sus afectos. Que son en definitiva, todo lo que importa en esta maraña de caos interminable que dio en llamarse vida. 

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