miércoles, 11 de mayo de 2016

Tipo nada



Un lugar para escribir. Nimiedades para pensar. Mucho por contar, pero desde otro lugar. Y la daga sigue ahí, clavada en el pecho como la rosa enterrada en el lugar donde nunca florecerá sin construir ningún nuevo amor

Apostado en uno de los bares cercanos a una universidad privada, el escritor saca la pluma y se pone a escribir por una extrema necesidad que le viene de adentro de su pecho hundido por el furor de una daga que extrae de su pecho y se transforma en pluma que escupe sangre y dolor.
Bahía del Sol se llamaba el lugar donde todo era oscuro para el. La pobreza no figuraba en esa agenda. Impecables de andar y oler. La escasez de agua ni se les cruzaba por la cabeza a esos pibes que todo tenían menos el disfrute de no tener. Sensaciones de que nada faltaba, sobre todo la pobreza del dinero en exceso. Una ínfima parte de la humanidad se conglomeraba en ese rincón del mundo.
En el impulso de la escritura, el escritor se ve seducido por una joven estudiante rubia de ojos claros. No recuerda si son celestes o verdes. Pero era lo que menos le importaba. Hiperinquieta que en un abrir y cerrar de ojos se le había esfumado de la mirada. Ya no estaba. Se perdió entre el tumulto y el escritor cogoteaba  a ver si volvía a ver esa mirada tan sensual que por un segundo frenó el acontecer crónico del mundo. Pensó: son mis fantasmas, como diría el genial Sábato.
La inquietud rubia radicaba en la falta de problemas de carácter primario a diferencia de la inquietud de los pibes de la calle Corrientes nocturna de Buenos Aires que se funda en el pedido de la limosna y en la nefasta tarea de mendigar la caída del bolsillo de una chirola de la gente que asiste a los espectáculos nocturnos de la célebre avenida.
Ya era mediodía y el estómago vacío de los estudiantes crujía con el olor a comida que convertían las bocas en saliva permanente de buen aliento. La fácil satisfacción de esa necesidad es muy común entre pibes que asisten a este tipo de universidades que también se rodea de gente que pide a la salida de los buffets.
Había un estudiante muy bien vestido, formalmente, con anteojos de sol, pelo corto y muy nacionalista, al que se le escucha decir con cierto aire discriminatorio: “es un orgullo concurrir a esta universidad argentina y no a otras donde te quieren meter ideas foráneas en la cabeza”, decía mientras que tras él se veía la bandera norteamericana que ostentaban los carteles oligopólicos de Mc Donald´s y Coca Cola. Tenía un rosario colgando y se decía muy católico con una persona que recién había conocido en su primer día de clase. Lo que no sabía era que ese compañero se apellidaba Feinmann, un periodista que fue muy odiado en el ambiente después.
En un bar pasan muchas cosas, como en un buffet de una universidad. Hay exceso de locutorio cuando todos juntos y a los gritos. Hay indiferencias, alegrías, tristezas, diferencias sociales, diferencias salariales, y gastos de ahorros, expulsados por la máquina de la cajera que aprovecha el impulso del hambre que tiene cara de hereje y que será fácilmente satisfecho por el sinfín de lenguas que hablan mientras compran y compran mientras hablan. La pérdida del ahorro es como un taladro en la cabeza y el oído de la gente, sobre todo a la hora de pagar algo que en 15 o 20 minutos desaparecerá.
El escritor mira su cuaderno. Escribió sólo dos líneas. Las iniciales. Y se quedó, pensando todas estas nimiedades. Y se dio cuenta que perdió el tiempo. Y que no se puede escribir nada interesante desde ese lugar. O sí. Pero no tan interesante. Todo muy superficial. Tipo nada.

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