martes, 7 de abril de 2015

Contradiciendo a Freud

 Baño y a la cucha. Esa era lo que pensaba cuando llegue al Parador. Pero sin embargo, no había nadie en la recepción que reciba a unos ojos cansados, nerviosos y pasados de rosca. Entro al comedor. Pensé que habían matado a todos y esa era la tranquilidad posdesastre. Imaginaba encontrarme paredes manchadas de sangre y cuando vuelvo a la realidad estaba mirando las mesas muy bien presentadas. Camino un poco más y ya se olfateaba un sabor a comida. Hasta que aparece el pibe de la recepción.
-¿Cómo te va? Sí. Enseguida voy.-me dice sabiendo que había estado en falta al no estar presente al momento que yo llegaba con otro enchufe, con otra revuelta de ideas en la sabiola, con la adrenalina del viajero que se acerca a una posada.
Sin embargo, el lugar era extremadamente calmo. Y mis piernas contrastaban otro ritmo. Muerto de cansancio. De un cansancio aún enchufado a 220.
Me toma los datos. Me da una llave. Que yo miraba como si nunca hubiera visto una llave. Respiré un suspiro. Todo encaminado. Iba aflojándome. Me explica cómo llegar a la cabaña que en suerte me había tocado. Cabaña 19 El Piquillín. Me entró por un oído y me salió por el otro. Caminaba ya por la inercia de haber aprendido a caminar al año de vida.
Entro. Dos camas. Baño. Un baño rápido y a cenar. Relax total después del baño y la tranquilidad de haber cumplido un objetivo. Contento, esbozaba una sonrisa calma y miraba la noche pasar entre una cena cálida, un merecido vino tinto. Sopa de entrada, plato principal, los primeros dibujitos de Cata en estos mismos manuscritos (lo primero que dibujó fue un sol, que, justamente, es el motivo que me levanta todas las mañanas), un postre y bien llenos de felicidad, ya contradiciendo a Freud (sólo un momento), nos fuimos a dormir.

Continuará con la última entrega quien sabe cuándo  

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