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Aisladamente conectados

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Una persona parada con los pies en la tierra implica muchas cosas. Pero recortemos una de ellas. Imaginemos que esa persona esta quieta, triste, por el motivo que sea y está mirando hacia abajo. Hacia sus pies que ya no pueden moverse y buscan despegarse lentamente del suelo. No pueden. Le crecen las raíces que representan el pasado. Ese que trae una carga tensa. Se acuerda de una frase de un musical que le vino a la mente: “el tiempo es hoy”.   Y los pies empiezan a despegarse del piso, a alejarse de las penas que arrastraban. Lentamente, entre un paso y otro, empiezan a danzar al compás de una música que suena a los lejos. Y siente que el cuerpo empieza a levitar. Se ahogan los viejos pensamientos en el mar de lágrimas que había dejado de tanto llorar y siente un fuego interior que lo impulsa a buscar calor en un abrazo de la persona que tiene al lado que venía sintiendo lo mismo. La energía es otra. Se curan las penas. Sanan las tristezas. Se baila bajo la naturaleza. D...

Antinomias

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Viejas antinomias se hacían carne de la vida de estos seres que confluían en un evidente estado de estabilidad que prontamente iba a ser turbado por la problemática perenne y continua que se hace flor en cada pareja, en cada uno de sus mundos, que buscan futuras calmas a su hambrienta sed de felicidad, a su verduga soledad. Hoy son ellos, mañana no se sabe. Así es la vida después de todo. Ciegas costumbres que derivan en estados de pereza móvil e inercia que se ve lentamente o abruptamente perturbada por un sacudón que nos despierta de ese letargo letal que nos va matando día a día. Parece que depositamos nuestra libido en cosas que quizás carezcan de importancia para poder huir de la quietud, de la serenidad y la molesta tranquilidad que nos permite ver y profundizar sobre cuestiones que tenemos metidas en la piel y que no nos deja avanzar. Nos carcome como un cáncer que te va desdibujando en lágrimas y te va limpiando de las penas que llevamos dentro que se vuelven imposible...

Vida

Si digo de pronto, exagero. De pronto no tiene nada. Da vueltas y vueltas pasando por al lado. Lo roza. Lo prende y lo vuelve a apagar. El monitor se apaga como muestra de lo mismo de todos los días. Este pibe me hace siempre lo mismo. Me amaga y me deja, diría si hablara. Siempre me deja clavado sin saber lo que me quiso decir. Por fin se animó. Y me está diciendo algo que no logro entender. Ni él se entiende. Dio más vueltas que una sonrisa viviente de la mona lisa. Ahora quiere hablar y no dice nada. Cada palabra que escribe balbucea como si la estuviera hablando. Tiene mucho por decir pero no sabe por dónde empezar. Creo que ya puso la pava unas trescientas veces. Se tomó dieciochomil mates y se sentó a leer en más de una oportunidad. Porque cree que para escribir hay que leer antes, para ser más claro al expresar. Pobre. Tiene un lío en esa cabeza que pretende ser multidisciplinaria sin hacer nada bien. Nada lo regocija. Está haciendo algo y cree que podría hacer lo otro. N...

Nunca más pudo decírselo

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Casi nada más había entre ellos dos. Dos miradas cómplices que se buscaban para decirse adiós. Porque era una de las últimas veces que se iban a ver. Porque el destino los separaba de por vida. Pero ellos no lo sabían. El sube al auto sin preocuparse demasiado por lo que vendrá. Preocupaciones, obligaciones, más dudas acerca de la muerte de esa rutinaria vida. Y más camino por recorrer en ese infeliz viaje de desasosiego. Ella seguía en lo suyo. Compras. Ceño fruncido concentrada en lo que jamás iba a lograr. Un infeliz viaje hacia la nada misma, porque allí habitaba su felicidad, en la nada misma que hacía que esa felicidad se esfumara ante la primer desilusión. Suyos eran los caminos. Pero de nadie más. Suyos eran los destinos, cada uno por su lado iba por el suyo en busca de no sé qué. Un tremendo círculo vicioso los mareaba cada vez más en una nebulosa que convergía en intoxicaciones adictivas como el cigarro y el alcohol de alguna noche perdida que buscaban como viaje...

Aunque no gane

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Hay cosas que no van a cambiar la esencia de lo que escribo. No sé, por ejemplo, enterarme de algo que no hace a lo que pienso. Pensar que lo que pensé no tenía validez y no ser hipócrita con eso. La realidad es la peor desilusión acerca de darte cuenta de que lo que pensabas no tiene asidero. Que lo pensabas y decías e incluso defendías contra todo sustento fáctico que te oponían y vos seguías pensando lo mismo como un testarudo. El cachetazo real a las ideas que creías inmutables es certero y más real que el dolor mismo de haberlo experimentado. Pero es tan real que la idea pasa a desvanecerse o a estallar en cuyas esquirlas quedan empapadas de tu piel y de la sangre que las defendías. Ves caer todo el paraíso que te habías construido en tu cabeza como inmaculado. Y pensas lo estúpido que fuiste al creer sagrado eso que te construiste en tu cabeza. El pensamiento socrático diría que solo sabes que no sabes nada, con toda sabiduría, pero ¿será real semejante ignoracia? Algo...