miércoles, 26 de enero de 2011

SEAMOS REALISTAS PIDAMOS LO IMPOSIBLE

Terminé el libro de Mariano Grondona. La Corrupción. Se puede decir que en lo poco que coincido con sus puntos de vista es en que termine (no el libro, sino la corrupción; en realidad ahora que lo dudo, no sé). No coincido con los métodos que él propone. Habla de “eliminación”. Usa terminologías tales como “erradicación”. Trata el problema cual si fuera un virus que hay que extirparle al cpu. Como un Alien metido en el cuerpo de un pobre tipo. Tales maneras de solucionar las cosas me recuerdan a los años ´70 cuando el virus pasaba por el pensar. Distinto. Me recuerda a aquellas épocas que no tuve la desgracia de vivirlo como militante, sino como un mero personaje que recién abría los ojos al mundo. Pero tuve la suerte de instruirme y leer sobre aquellas agonías del pensamiento. Épocas en que la masa era “bruta, temerosa, salvaje”. La era que Ortega y Gasset llamó “La Rebelión de las Masas”, cuando se estaba más cerca de Orwell y su Rebelión en la Granja.
En fin, no estoy muy de acuerdo con darle un fin a los problemas. Con ese criterio la humanidad entera se extinguiría. Nos empezaríamos a ver como problemas a nuestra propia existencia y le daríamos la razón al señor Hobbes cuando nos decía que “el hombre es el lobo del hombre”. ¿Por qué?
Ernesto Guevara, el Che, dijo un día al ser consultado varias veces por distintos problemas por los que atravesaba la revolución cubana: “un mundo sin problemas es un mundo muerto”.
Sin perjuicio de la lejanía y cercanía de ese contexto económico-político-social en que atravesaba Cuba, la corrupción es uno de esos problemas que atraviesa al mundo. Sería adecuado (término poco feliz, aunque creo que si un término alcanza la felicidad, sería una preocupación para el ser humano y los estudios de Freud acerca de ese fenómeno inalcanzable) darle el tratamiento que se merece, profundizar sobre el tema, sin maletines por debajo de la mesa, pero nunca nunca buscar soluciones extremas como deja asentado en su libro el dr. Grondona, cuyo análisis no deja de ser válido. Me parece que hay que darle el tiempo que se merece. Tanto a la corrupción como al dr. Grondona.
Se sabe que la justicia es lenta. O por lo menos es una frase trillada que no deja de ser sacada de la realidad. Si es lenta, necesariamente tendrá que ser segura. Si no es así es sumamente ineficaz. El sistema no funciona nunca correctamente en una cultura diferente a los países de donde provino. En este caso, nos referimos al sistema judicial, con tanta legislación adoptada, nunca adaptada a una cultura tan distinta como la nuestra.
Pero en fin, la corrupción es un tema complejo que no se resuelve de la noche a la mañana saliendo a ametrallar a los corruptos por robarse lo que es público. La sanción a los corruptos no tiene que ser balas. Para eso vino la ley. A reemplazar las balas. ¿Y si el hombre de la bolsa tampoco quiere tomar la sopa?, pregunta Les Luthiers. O sea… ¿y si el que hace la ley tiene la misma faceta que el que la corrompe? ¿Y si el policía que te tiene que cuidar es el mismo que te manda a los pungas a afanarte dejando la zona libre para que lo haga? ¿Y si el que lucha para combatir la falopa es el mismo que el que te la vende? ¿Y si el mismo que te juzga por un delito de aborto es el mismo que le pagó un aborto a su hija que quedo embarazada desde muy temprana edad y lo quiso ocultar por vergüenza social? Leyes; ¿quién las hace? ¿Quién las respeta? Son adecuadas a una realidad social como para que no dé pie a actos de corrupción? De todo esto es lo que no habla el dr. Grondona en su libro de título tan abarcativo como La Corrupción.
La denuncia. Otra etapa que intenta dar fin al acto de corrupción pero termina dando fin a su vida. Ejemplos históricos dan cuenta de ello. Los grandes de la historia que llevaban esa idea de cambio en la sangre terminaron como Mariano Moreno, envenenado en alta mar, por alguien de su propio gobierno del que formaba parte en la Primera Junta. Moreno molestaba mucho a Cornelio Saavedra y éste se lo sacó de encima. No sólo que lo mandó a una misión al exterior, sino que lo hizo envenenar por uno de los tripulantes. El cuerpo nunca tuvo la autopsia correspondiente porque, envuelto en una bandera de Gran Bretaña (ironías del destino)  arrojan el cuerpo en altamar. Días antes de su muerte, el amor de su vida, Guadalupe Cuenca, recibe en su casa un cofrecito con atuendos negros representando el futuro luto. Saavedra atinó a decir que hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego.
Y así terminaron tantas denuncias que jodían el engranaje que hace que funque una corrupción sin límites.
Es difícil cuando los denunciantes son muchos. Es más jodido de controlar. Por eso conviene la idiocia masiva con programas de televisión que generen conflictos, con cada maquinita que ayude a la falta de comunicación entre cada uno de nosotros. Porque es peligroso que nos comuniquemos. Que nos juntemos. Cuando esta masa de gente se moviliza no hay armas que la detenga. La cuestión es que las amenazas, los secuestros, las extorsiones que vivió el país y el mundo construyeron obstáculos que las personas deben sortear para participar de la vida política y económica de su país.
En un país donde corrió tanta sangre. Tantas voces acalladas a palazos y a balazos, es difícil volver a confiar. Pero no imposible. Y si así es, “seamos realistas, pidamos lo imposible”. 25/02/2004.- 17 hs.
Esta frase la escuché por primera vez de boca del periodista Juan Castro en su programa Kaos. La decía cuando finalizaba. Mi homenaje para él que falleció el 5 de marzo de 2004; se suicidó tirándose del balcón. Eso creemos.-      

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