sábado, 25 de marzo de 2017

Nunca más pudo decírselo



Casi nada más había entre ellos dos. Dos miradas cómplices que se buscaban para decirse adiós. Porque era una de las últimas veces que se iban a ver. Porque el destino los separaba de por vida. Pero ellos no lo sabían.
El sube al auto sin preocuparse demasiado por lo que vendrá. Preocupaciones, obligaciones, más dudas acerca de la muerte de esa rutinaria vida. Y más camino por recorrer en ese infeliz viaje de desasosiego.
Ella seguía en lo suyo. Compras. Ceño fruncido concentrada en lo que jamás iba a lograr. Un infeliz viaje hacia la nada misma, porque allí habitaba su felicidad, en la nada misma que hacía que esa felicidad se esfumara ante la primer desilusión.
Suyos eran los caminos. Pero de nadie más. Suyos eran los destinos, cada uno por su lado iba por el suyo en busca de no sé qué.
Un tremendo círculo vicioso los mareaba cada vez más en una nebulosa que convergía en intoxicaciones adictivas como el cigarro y el alcohol de alguna noche perdida que buscaban como viaje de ida.
Hasta que un día llegó ese día. Un llamado telefónico a las 3 de la madrugada de un lunes. No atendió nadie. Otro llamado telefónico y tampoco. Lo tenía en silencio para poder descansar aunque sea una noche. Pero ni así. La refulgente luz de la pantalla del celular ilumino su retina entreabierta y el iris de sus pupilas se achicó cada vez más hasta que dio foco en su mesa de luz que sostenía ese aparato que no nos deja descansar nunca.
Tantea con una mano y le erra. Agarra el control remoto del televisor. Prueba otra vez focalizando mejor como podía a esa hora. Levanta las cejas con los ojos chinos alcanza a ver 8 llamadas perdidas del celular de su madre.
No la quiere llamar porque era muy tarde. Pero finalmente se decide y atraviesa esa duda. Los sollozos del otro lado de la línea eran indisimulables. Automáticamente pensó en la última vez que lo vio. No le pudo decir que lo amaba. Ya era tarde. Nunca más pudo decírselo.

lunes, 20 de marzo de 2017

Aunque no gane




Hay cosas que no van a cambiar la esencia de lo que escribo. No sé, por ejemplo, enterarme de algo que no hace a lo que pienso. Pensar que lo que pensé no tenía validez y no ser hipócrita con eso. La realidad es la peor desilusión acerca de darte cuenta de que lo que pensabas no tiene asidero. Que lo pensabas y decías e incluso defendías contra todo sustento fáctico que te oponían y vos seguías pensando lo mismo como un testarudo.
El cachetazo real a las ideas que creías inmutables es certero y más real que el dolor mismo de haberlo experimentado. Pero es tan real que la idea pasa a desvanecerse o a estallar en cuyas esquirlas quedan empapadas de tu piel y de la sangre que las defendías. Ves caer todo el paraíso que te habías construido en tu cabeza como inmaculado. Y pensas lo estúpido que fuiste al creer sagrado eso que te construiste en tu cabeza.
El pensamiento socrático diría que solo sabes que no sabes nada, con toda sabiduría, pero ¿será real semejante ignoracia? Algo sabes: que nada es como pensaste que era. La única certeza es la muerte y ni aún así.
Pero en fin ves morir ideas, cosas, cuerpos, pero lo que no muere es la búsqueda. Esa búsqueda que te hace vivir. La búsqueda permanente de esa cosa que nos late adentro. Lo que nos hace latir no el músculo sino el espíritu, esa cosa rara que llamamos “el contenido” de nuestra vida, que se puede vivir sin un contenido y morir aún viviendo porque nos late el corazón.
Cuánta certeza en ese discurso de Pepe Mujica que nos incita a vivir con contenido. A creer en algo que es mucho más de ese latir del corazón que es una cosa meramente física, como el cuerpo, que es sólo un envase, como me enseñó una persona tan especial en mi vida.
Cuánta sabiduría. Qué personajes tiene la política hoy en día que debería aprender más de esa filosofía de vida que de economía política, que ya la tendrían que tener archisabida y a favor de una mayoría de seres humanos, no de su minoría. Para algo están en política, sino que sigan con sus empresas off shore, fantasmas o no, me parece que los fantasmas son ellos, porque sus vidas, no tienen contenido, ni siquiera sus cuerpos. Son tan pobres que lo único que tienen es plata.
Hay cosas que no van a cambiar la esencia de lo que escribo. Ni la plata, ni nada. Espero que algo de contenido tenga esto. Sino caeré una vez más a ser un escritor más con sus fantasmas. Me arriesgo. Siempre. Aunque no gane. 


sábado, 11 de marzo de 2017

Corazón descerebrado

Se sienta a escribir teniendo un mundo para poner. Le sale tierra del teclado. Las teclas son cada vez más duras por la parálisis mental que sufrió hace poco. Nadie se la diagnosticó pero la vive en carne propia en su ser todos los días paralizado por los problemas que aquejan permanentemente su vida y que no puede resolver. Como si todo tuviera solución.
Descarta la tela que cubre el teclado de su notebook y empieza a deslizar una serie de cosas que había detrás del taparrollos de su cabeza. Tira del hilo y lentamente va desovillando el matete dedo a dedo, mano a mano, letra a letra para desvanecer toda la angustia que lleva inserta en sí, por todos aquellos años de dolor infligido nada más que contra sí mismo, sin la culpa de nadie. Era el momento de hacerse cargo de uno y empezar a sacar la empañadura que ostentaba ese tan molesto espejo después de bañarse. No se podía ver ni siquiera en el reflejo. Ya le daba asco su vida. No se quería ver más.
Ese día en que desempolvó el teclado empezó a fluir todo otra vez. Cual si fuera una catarata de sonidos de letras con forma plástica de teclado que aburría de sonar tan pero tan desfasada en cuanto al ritmo de una canción. No así su corazón que también desfasado en cuanto al ritmo, le iba dictando su parecer acerca de la vida y le decía a la cabeza que se calle de una vez, que le tocaba a él hablar, poniéndose de pie y mirando desafiante para arriba a un cerebro con cara de malo y pensantemente retorcido, crítico racional y metedor de obstáculos ante cualquier “corazonada”, como irónicamente llamada a su compañero de cuerpo que se encontraba justo en el pecho que sacaba para afuera ante cualquier situación de desafío.
Sin embargo, últimamente los desafíos eran gigantes y el corazón más pequeño. Pedía ayuda a los pulmones para patear el pecho para afuera y engendrar en ese cuerpo la actitud de desafío. Pero no era posible. Los pulmones estaban cansados porque aspiraban nicotina todo el día y el humo que vivían les impedían ver con claridad donde estaba el pecho. Y aveces se contraían de dolor ante la inminencia de algún respiro profundo.
La cuestión es que la cosa empezó a andar cuando hace consiente que escribió un montón de palabras sin darse cuenta. Y sintió alivio. Aunque sea por un rato empezó a sentir cómo el corazón la cabeza y el pecho empezaban a fluir de otra manera.
Y sintió un suspiro. Y volvió a vivir. Aunque sea por un ratito más. Ahí supo lo sanadora que puede llegar a ser la escritura, como cualquier especie de arte.

11.639 visitas al 30 de setiembre de 2017