sábado, 4 de febrero de 2017

Giro a la izquierda


Una autopista. Autos. Muchos. Están trabados. No pueden avanzar. Algo pasó y no se sabe qué. Gente que no puede continuar con sus vidas. Miradas hacia adelante. Cogoteos para ver qué pasó más adelante. Quizás un accidente.
La autopista permanece repleta de coches que no pueden avanzar. Y ya que no se ve nada hacia adelante, el tipo empieza querer ver algo. Y por fin se da. Mira hacia el costado. Ve a su mujer dormida. Y mira hacia atrás y ve a sus hijos durmiendo. No quiere poner música porque no los quiere despertar. Y busca un pasatiempo. Busca su celular, pero se acuerda que se lo había olvidado en el bolso que había quedado en el baúl. Y se pone nervioso. Y empieza a putear para sus adentros.
Bocinazos que quiere callar con su mirada iracunda hacia donde nace semejante aturdimiento. No quiere que su mujer y sus hijos se despierten. Igualmente no lo logran. Siguen durmiendo.
Se tranquiliza. Piensa para sus adentros que ese calvario no debería durar mucho. Que ya todo volvería a la “normalidad”. Entonces mira hacia su costado izquierdo, del lado de su ventanilla y ve que hay un señor en un auto, con un chico en el asiento del acompañante. Ambos riendo a carcajadas. Por lo que se ve el padre va contándole algo al chico y el pibe no para de reírse a carcajadas. Mira hacia atrás y ve que en el asiento de atrás del auto se ven las manijas de una silla de ruedas. Se siente un estúpido quejándose de algo tan nimio.
Se acuerda de su hermano, que era paralítico y de la burla que le hacían al destino y a la problemática de su parálisis, haciéndolo levantar de la silla de ruedas. Se trataba de un juego. Eran niños. Él decía que se pare en su afán de recordar cómo era su hermano sobre las dos piernas. Su hermano se negaba porque se lo impedía una prescripción médica, luego del accidente automovilístico que había tenido. Pero él le insistía en procura de recordarlo bípedo. Finalmente, le hacía caso. Lo tomaba con sus dos manos y lo ayudaba a pararse. Cuando su hermano se tumbaba, él lo abrazaba en un abrazo fraterno y para siempre. Era la manera de demostrarle su cariño, porque mucho no se demostraban afectuosamente.
Mira para adelante y avanza el Peugeot 408 que tiene enfrente. Se queda mirando las letras de la patente: HIV. Y recuerda que lo último que sabía de su hermano era que se iba a hacer unos estudios de sangre. Pero no sabía por qué.
Entonces avanza. Su mujer despierta y le pregunta qué pasó. Y él le explica que hubo un embotellamiento. Y ella le pregunta: “¿qué tenes ganas de hacer cuando lleguemos?”. Y él sin dudarlo: “voy a visitar a mi hermano. ¿Me acompañas?”. No lo deja solo.
Continúa su vida sin mirar tanto adelante. Y acaparando ese momento de reflexión en el que no quería caer. Porque los fantasmas lo acechaban. Porque la quietud le molestaba. Porque se le venían a la mente todos aquellos monstruos que no lo dejaban dormir. Como un insomnio de por vida hasta el día que concilie el sueño. Para siempre.

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