lunes, 26 de junio de 2017

Antinomias



Viejas antinomias se hacían carne de la vida de estos seres que confluían en un evidente estado de estabilidad que prontamente iba a ser turbado por la problemática perenne y continua que se hace flor en cada pareja, en cada uno de sus mundos, que buscan futuras calmas a su hambrienta sed de felicidad, a su verduga soledad. Hoy son ellos, mañana no se sabe.
Así es la vida después de todo. Ciegas costumbres que derivan en estados de pereza móvil e inercia que se ve lentamente o abruptamente perturbada por un sacudón que nos despierta de ese letargo letal que nos va matando día a día.
Parece que depositamos nuestra libido en cosas que quizás carezcan de importancia para poder huir de la quietud, de la serenidad y la molesta tranquilidad que nos permite ver y profundizar sobre cuestiones que tenemos metidas en la piel y que no nos deja avanzar. Nos carcome como un cáncer que te va desdibujando en lágrimas y te va limpiando de las penas que llevamos dentro que se vuelven imposibles de destruir eternamente y resurgen en nuevas formas y en nuevos objetos y sujetos. Pero siempre están ahí esperando ser exorcizadas.
¿Por qué las antinomias? Un choque de sentimientos y una síntesis. La alegría y la tristeza. El dolor y el placer. El ánimo y el desánimo. El odio y el amor. La vida y la muerte. La muerte. Esa que nos espera definitivamente al final sin preguntarnos si hemos vivido lo suficiente, a la que no le importa si hemos perdido el tiempo en cosas nimias, sin importancia, a la que no le importa si la vida fue gastada en consumo superfluo, en problemas que no tienen tal entidad, si no hemos perdido en la duda del abrazo que quedó trunco en un ser querido por miedo a qué pensará, o por el simple miedo al rechazo. Y finalmente sí, la lágrima que rueda por la mejilla que da cuenta que estamos creciendo en estas cuestiones que nadie ve en lo vertiginosa que se nos hace esta vida que nos estrellará en definitiva a lo oscuro, a ese lugar olvidado en el correr que implica el quehacer diario y cotidiano mientras lo demás, lo importante se desvanece en horarios que tenemos que cumplir.
Sin hablar de esas pantallas que nos carcomen la comunicación, el verbo, la palabra de quien no estamos mirando. Porque nuestra mirada está en otro lado, porque nuestra atención esta en otras vidas descuidando la que tenemos al lado.
Algo similar les ocurrió a ellos. Descuido. Desatención. Los carcomió la quietud de sus almas, las faltas de sonrisas y la abundancia de esas lágrimas los fue ahogando en un abismo donde ya no se veían. O sí. Pero empañados por el dolor. Se querían tocar y ya no llegaban. Se querían abrazar y los brazos estaban cortados de tanta puñalada y tanta herida. Ya no estaba ni la mirada.
Sin embrago, un nuevo renacer esperaba por ellos. La guadaña fue escondida y la muerte se arrepintió. Los abrazó y los dejó escapar por caminos bifurcados. A cruzarse con otros mundos. Con otras realidades. Con otras emociones. Con otra vida, la nueva, la que no tiene alianzas ni tiene banderas, cuya ideología es sembrada segundo a segundo, donde cayeron todas las estructuras estériles y donde no hay modelos a seguir más que el camino que se hace al andar. Y en el camino se cruzaron. Y después de haber sido tan heridos, con lo que le quedaban de brazos se volvieron a abrazar. Y volvieron a creer. Y en medio de la muerte volvieron a nacer en un amor eterno, o no.

viernes, 23 de junio de 2017

Vida



Si digo de pronto, exagero. De pronto no tiene nada. Da vueltas y vueltas pasando por al lado. Lo roza. Lo prende y lo vuelve a apagar. El monitor se apaga como muestra de lo mismo de todos los días. Este pibe me hace siempre lo mismo. Me amaga y me deja, diría si hablara. Siempre me deja clavado sin saber lo que me quiso decir.
Por fin se animó. Y me está diciendo algo que no logro entender. Ni él se entiende. Dio más vueltas que una sonrisa viviente de la mona lisa. Ahora quiere hablar y no dice nada. Cada palabra que escribe balbucea como si la estuviera hablando. Tiene mucho por decir pero no sabe por dónde empezar. Creo que ya puso la pava unas trescientas veces. Se tomó dieciochomil mates y se sentó a leer en más de una oportunidad. Porque cree que para escribir hay que leer antes, para ser más claro al expresar. Pobre. Tiene un lío en esa cabeza que pretende ser multidisciplinaria sin hacer nada bien. Nada lo regocija. Está haciendo algo y cree que podría hacer lo otro. No disfruta de lo que hace. Se retorcija ante el menor pensamiento. No desenrolla. No saca el taparrollos y limpia la mugre que hay detrás. Se deja embrollar fácil por los fantasmas que lentamente desnudan sus miserias más absurdas.
Y ahora que le toca el turno no sabe qué decir. Está frente al monitor. No sabe cómo arrancar a decir. Y es mucho lo que tiene que decir. Hace un montón de tiempo que no se da el tiempo ni el momento oportuno para hacerlo. Pero está trabado de inactividad, de enmohecimiento cerebral y de idiotez repetitiva y rutinaria que nacen de los días de hastío de llevar una rutina de vida para vivir, cual si hubiera estado programado para eso.
Se sumerge constantemente en la pantalla de su celular para ver quien está detrás del sinfín de sonidos y emergencias falsas que emanan de ese aparatito acaparador de la incomunicación. Toca con sus dedos el par de mentiras que va a esbozar en una excusa que designa para no ir. Para no estar a la altura de la realidad que lo reclama diariamente.
Se somete otra vez a la pantalla sin saber que decir. Esta obnubilado por una realidad que lo supera. Que le pasa inadvertida, que lo sobrepasa y que no lo hace reaccionar. Parece que camina en cámara lenta y la realidad lo contrasta con la velocidad de la luz.
Con las manos puestas en el teclado, baja la cabeza. Mira al piso. Y ve que en el movimiento de caída de la cabeza cae una gota de agua que salió de una de sus pupilas ardientes de deseo de mirar y no poder ver a causa del empañamiento de la visión. Vuelve a mirar el monitor y empieza a escribir.
Se desangra en una escritura que fluye como un manantial al cual recién le han sacado la represa que lo contenía con la habilidad de la caída de la naturaleza, inevitable, ineludible, majestuosamente doliente.
Se queda más tranquilo. Sabe que con eso esta por hoy. Para no hablar de más deja de escribir. Mira hacia el costado y tiene cosas que lo elevan a los más sublime de su ser. Sus afectos. Que son en definitiva, todo lo que importa en esta maraña de caos interminable que dio en llamarse vida. 

sábado, 25 de marzo de 2017

Nunca más pudo decírselo



Casi nada más había entre ellos dos. Dos miradas cómplices que se buscaban para decirse adiós. Porque era una de las últimas veces que se iban a ver. Porque el destino los separaba de por vida. Pero ellos no lo sabían.
El sube al auto sin preocuparse demasiado por lo que vendrá. Preocupaciones, obligaciones, más dudas acerca de la muerte de esa rutinaria vida. Y más camino por recorrer en ese infeliz viaje de desasosiego.
Ella seguía en lo suyo. Compras. Ceño fruncido concentrada en lo que jamás iba a lograr. Un infeliz viaje hacia la nada misma, porque allí habitaba su felicidad, en la nada misma que hacía que esa felicidad se esfumara ante la primer desilusión.
Suyos eran los caminos. Pero de nadie más. Suyos eran los destinos, cada uno por su lado iba por el suyo en busca de no sé qué.
Un tremendo círculo vicioso los mareaba cada vez más en una nebulosa que convergía en intoxicaciones adictivas como el cigarro y el alcohol de alguna noche perdida que buscaban como viaje de ida.
Hasta que un día llegó ese día. Un llamado telefónico a las 3 de la madrugada de un lunes. No atendió nadie. Otro llamado telefónico y tampoco. Lo tenía en silencio para poder descansar aunque sea una noche. Pero ni así. La refulgente luz de la pantalla del celular ilumino su retina entreabierta y el iris de sus pupilas se achicó cada vez más hasta que dio foco en su mesa de luz que sostenía ese aparato que no nos deja descansar nunca.
Tantea con una mano y le erra. Agarra el control remoto del televisor. Prueba otra vez focalizando mejor como podía a esa hora. Levanta las cejas con los ojos chinos alcanza a ver 8 llamadas perdidas del celular de su madre.
No la quiere llamar porque era muy tarde. Pero finalmente se decide y atraviesa esa duda. Los sollozos del otro lado de la línea eran indisimulables. Automáticamente pensó en la última vez que lo vio. No le pudo decir que lo amaba. Ya era tarde. Nunca más pudo decírselo.

lunes, 20 de marzo de 2017

Aunque no gane




Hay cosas que no van a cambiar la esencia de lo que escribo. No sé, por ejemplo, enterarme de algo que no hace a lo que pienso. Pensar que lo que pensé no tenía validez y no ser hipócrita con eso. La realidad es la peor desilusión acerca de darte cuenta de que lo que pensabas no tiene asidero. Que lo pensabas y decías e incluso defendías contra todo sustento fáctico que te oponían y vos seguías pensando lo mismo como un testarudo.
El cachetazo real a las ideas que creías inmutables es certero y más real que el dolor mismo de haberlo experimentado. Pero es tan real que la idea pasa a desvanecerse o a estallar en cuyas esquirlas quedan empapadas de tu piel y de la sangre que las defendías. Ves caer todo el paraíso que te habías construido en tu cabeza como inmaculado. Y pensas lo estúpido que fuiste al creer sagrado eso que te construiste en tu cabeza.
El pensamiento socrático diría que solo sabes que no sabes nada, con toda sabiduría, pero ¿será real semejante ignoracia? Algo sabes: que nada es como pensaste que era. La única certeza es la muerte y ni aún así.
Pero en fin ves morir ideas, cosas, cuerpos, pero lo que no muere es la búsqueda. Esa búsqueda que te hace vivir. La búsqueda permanente de esa cosa que nos late adentro. Lo que nos hace latir no el músculo sino el espíritu, esa cosa rara que llamamos “el contenido” de nuestra vida, que se puede vivir sin un contenido y morir aún viviendo porque nos late el corazón.
Cuánta certeza en ese discurso de Pepe Mujica que nos incita a vivir con contenido. A creer en algo que es mucho más de ese latir del corazón que es una cosa meramente física, como el cuerpo, que es sólo un envase, como me enseñó una persona tan especial en mi vida.
Cuánta sabiduría. Qué personajes tiene la política hoy en día que debería aprender más de esa filosofía de vida que de economía política, que ya la tendrían que tener archisabida y a favor de una mayoría de seres humanos, no de su minoría. Para algo están en política, sino que sigan con sus empresas off shore, fantasmas o no, me parece que los fantasmas son ellos, porque sus vidas, no tienen contenido, ni siquiera sus cuerpos. Son tan pobres que lo único que tienen es plata.
Hay cosas que no van a cambiar la esencia de lo que escribo. Ni la plata, ni nada. Espero que algo de contenido tenga esto. Sino caeré una vez más a ser un escritor más con sus fantasmas. Me arriesgo. Siempre. Aunque no gane. 


sábado, 11 de marzo de 2017

Corazón descerebrado

Se sienta a escribir teniendo un mundo para poner. Le sale tierra del teclado. Las teclas son cada vez más duras por la parálisis mental que sufrió hace poco. Nadie se la diagnosticó pero la vive en carne propia en su ser todos los días paralizado por los problemas que aquejan permanentemente su vida y que no puede resolver. Como si todo tuviera solución.
Descarta la tela que cubre el teclado de su notebook y empieza a deslizar una serie de cosas que había detrás del taparrollos de su cabeza. Tira del hilo y lentamente va desovillando el matete dedo a dedo, mano a mano, letra a letra para desvanecer toda la angustia que lleva inserta en sí, por todos aquellos años de dolor infligido nada más que contra sí mismo, sin la culpa de nadie. Era el momento de hacerse cargo de uno y empezar a sacar la empañadura que ostentaba ese tan molesto espejo después de bañarse. No se podía ver ni siquiera en el reflejo. Ya le daba asco su vida. No se quería ver más.
Ese día en que desempolvó el teclado empezó a fluir todo otra vez. Cual si fuera una catarata de sonidos de letras con forma plástica de teclado que aburría de sonar tan pero tan desfasada en cuanto al ritmo de una canción. No así su corazón que también desfasado en cuanto al ritmo, le iba dictando su parecer acerca de la vida y le decía a la cabeza que se calle de una vez, que le tocaba a él hablar, poniéndose de pie y mirando desafiante para arriba a un cerebro con cara de malo y pensantemente retorcido, crítico racional y metedor de obstáculos ante cualquier “corazonada”, como irónicamente llamada a su compañero de cuerpo que se encontraba justo en el pecho que sacaba para afuera ante cualquier situación de desafío.
Sin embargo, últimamente los desafíos eran gigantes y el corazón más pequeño. Pedía ayuda a los pulmones para patear el pecho para afuera y engendrar en ese cuerpo la actitud de desafío. Pero no era posible. Los pulmones estaban cansados porque aspiraban nicotina todo el día y el humo que vivían les impedían ver con claridad donde estaba el pecho. Y aveces se contraían de dolor ante la inminencia de algún respiro profundo.
La cuestión es que la cosa empezó a andar cuando hace consiente que escribió un montón de palabras sin darse cuenta. Y sintió alivio. Aunque sea por un rato empezó a sentir cómo el corazón la cabeza y el pecho empezaban a fluir de otra manera.
Y sintió un suspiro. Y volvió a vivir. Aunque sea por un ratito más. Ahí supo lo sanadora que puede llegar a ser la escritura, como cualquier especie de arte.

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