martes, 1 de marzo de 2016

Me perdí el final


“Cenobio Siri: sus descendientes lo recordaron al cumplirse el 100° aniversario de su nacimiento”, dice el título de un recorte de diario encontrado entre los manuscritos de la carpeta color mora del eskritor.
Si no me equivoco es un recorte del semanario Protagonistas. Por la tipografía, las fotos y los epígrafes. También la bajada. Sí. Lo acabo de ver. El final de la nota homenaje dice: “MUCHAS FELICIDADES es el deseo de nuestro semanario PROTAGONISTAS”. Hay tres fotos: una de Cenobio, protagonista de este homenaje, otra grupal, en la que estamos todas las generaciones, y otra con los hermanos: Efrem, Mirta y Arnol, casualmente uno de los fundadores del despacho de bebidas reconocido por La Vieja Esquina, por donde confluyeron varios personajes mercedinos, nacionales e internacionales, y donde ha sido la eventual locación de una película de alto calibre erótico.
Esa reunión había sido en la casa de Arnol (28 entre 19 y 21), justamente, un domingo al mediodía, donde sólo cabían los descendientes de don Cenobio Siri y sus parejas obviamente, con los hijos. Don Cenobio nació en Mercedes el 19 de abril de 1905 y falleció a los 87 años en 1992, meses después del fallecimiento de su compañera, Amanda Leonilda Isolina Cadenazzo.
La historia de los Siri viene más o menos así. Cenobio, el homenajeado, era hijo de Celestino Siri, que nació en Buenos Aires en 1870, el mismo año de la fundación del diario La Nación, por Bartolomé Mitre. En el mes de enero de ese año, sale su primer número. Era la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, quien criticaba el accionar de Mitre, por cómo le había dejado el país. ¿Se dan cuenta que no es nuevo ese recurso? Lo que falta es la memoria popular y la lectura crítica de la historia.
En ese contexto político, don Celestino SIri se va a vivir a Altamira, pueblo cercano a Mercedes, donde pone un almacén. Muerto su padre y a los 19 años, se dirige hacia Gowland, otro de los pueblos lindantes con Mercedes. Junto a su hermano Ezequiel, van a trabajar a una quinta. Trabajaban de jornaleros hasta que conoce a Juan Delfino, con quien continuó la actividad, ya que su hermano siguió otro norte.
Celestino tenía un amigo que se llamaba Juan Cadenazzo, hermano de la bella Amanda, que le quitaría el sueño para siempre. En una fiesta familiar se acerca a hablarle. Tal acertadas resultaron sus palabras que terminaron casándose en 1926, yéndose a vivir juntos a una casa de campo en La Verde, otro de los pueblos orilleros de Mercedes. Allí trabajaban a las órdenes de una familia de apellido Révora, que eran los cerealistas de la zona y que ocupaban una casa céntrica en la 37 y 24.
Amanda había heredado un dinero con el que construyeron una casa en la 38 entre 15 y 17. Con algunos ahorros Cenobio se compró dos camiones, con el que empezó a hacer fletes  de vino mendocino, trabajando a la par con Enrique Catagnola.
Posteriormente, vendió los camiones para comprar una casa donde pondría un almacén, en la intersección de las calles 22 y 21, en sociedad con Magiollo, hasta 1951. Volvió a adquirir camiones y empezó a trabajar para la fábrica Hilmesa.
Más adelante, y con un solo camión en su haber, conociendo ya el negocio vitivinícola, pone una bodega en la misma cuadra del almacén, hasta que se jubila. Vivió un tiempito en la 26 entre 17  y 19 y muere en 1992 a los 87 años.
En el trayecto de su vida, Cenobio y Amanda tuvieron 4 hijos, que se caracterizan por lo estrambótico de sus nombres. Efrem Ronald es el mayor, Arnol Clibe el segundo, Ellis Elene y Mirta Edith. Hay más de 60 integrantes en la familia.
Efrem fue un excelente jugador de fútbol. Jugó en el Club Gimnasia y Esgrima local y en las inferiores del club de sus amores: independiente. Aún se pueden ver los cuadros colgados en el Gimnasia con su bigote y su equipo de fútbol, muy parecido al actor que hacía de El Zorro, Guy Williams. Efrem fue nominado y condecorado como “el caballero del deporte” por su “limpieza” para jugar al fútbol sin cometer ninguna falta. Siempre creía que el fútbol se jugaba “al rastrón” y sin levantar tanto la pelota. Criticaba que actualmente los jugadores estaban más preocupados en su estética que en meter un gol, que ya el fútbol está ensuciado por los negociados que existen detrás de cada certamen y que le gana la especulación a la esencia del juego, lo que genera nerviosismo en los obreros de la pelota y violencia que se traslada de la cancha a la tribuna y viceversa.  
Laburaba en la fábrica Tedo, llegando a ser jefe. Un experto en el arreglo de motores, lo que lo llevó a trabajar en Bélgica. Pero nunca fue artífice de la presunción ni de la ostentación de su grandeza, lo que lo hacía más grande aún. La falta de fluorescencia lo llevó a ser traicionado hasta en los círculos más íntimos. Pero nunca tuvo una palabra de desaliento hasta con su más acérrimo enemigo, si es que los tenía. Todo lo contrario.
Amó a la mujer de sus sueños, que aún hoy está con vida y lo busca desesperadamente. Lo llama. Es todo lo que hace en el día. Ni come.
Efrem falleció a principios de este año. En la segunda quincena de enero de este 2016, donde jugó su último partido de pretemporada. El partido de luchar con sus caderas que ya no le respondían. Con su boca que ya no comía ni masticaba. Contra su lucidez que le permitía saber que se estaba yendo.
No estuve ese día. Estaba de vacaciones. La hija de Efrem me prohibió volver. Por seguridad vial. Entonces se me ocurrió llorarlo desde lejos. Estaba a unos 600 km. Pero no conforme con eso, hablar con un amigo, futbolero como él, del mismo signo y con la misma grandeza humana.
-¿Te puedo pedir un favor?- le dije lagrimeando wasaps
-Lo que quieras. Estoy a tu disposición. Y más ahora.
-Anda a mi casa. Pedile a llave a mi suegra. Anda a mi pieza. Sacá la remera de independiente y dejásela en el cajón. Si tenes algún obstáculo en hacerlo llamame.
-Listo. No te preocupes. Cuando haya terminado te aviso.
-Gracias negrito. Te quiero mucho
-Yo también
Y así fue. Sin obstáculos, fue hasta mi casa. Se dirigió a mi habitación y buscó entre las camisetas de fútbol que colecciono. Una de ellas es la de independiente, que debe tener ya sus 20 años de existencia en mi placard. Tenía la propaganda de Mita.
Agarró la casaca. Se le cayeron unas lágrimas porque recordó a Bochini y la admiración que el abuelo “nuestro” tenía por él. Porque hablaba siempre en las sobremesas de lasañas de la abuela Elida (las mejores que comí en mi vida) y vino tinto. Siempre salía el fútbol en la sobremesa y esa lágrima que recorrió la mejilla de uno de mis amigos preferidos fue la que llevaba inserta todo ese recuerdo.
Llegó al velorio. Todo el mundo lo miraba. El tenía miedo. Que alguien reaccionara mal. Pero era un pedido de un gran amigo suyo al que quiere entrañablemente y viceversa. Y se dijo para adentro: “¡vamos, coraje! No le puedo fallar a mi amigo”. Lo miraron. Le miraban las manos y el trapo rojo que traía entre sus manos. Saludó a los conocidos sin decir nada. Hasta que llegó al cajón y le tendió la camiseta.
Ahí nomás arrancaron los aplausos. Se escuchaban sollozos. Todo el mundo sabía que independiente era el club de su pasión. Y no podía haber menor homenaje que llevarse la camiseta de independiente de su nieto, el piguyi, como me solía decir, y que significaba para él “pichón de gorrión”, pero que en el lunfardo significa “piojo”. Nunca me lo dijo, pero yo sabía que tenía devoción conmigo. Y sin herir susceptibilidades, creo que era su nieto preferido. Humildemente lo digo. Y no tanto.
Hoy, luego de digerir esta ausencia, quería conmemorarlo. A raíz del encuentro de este recorte de diario que tengo en mis manos. Hoy no está pero por momentos aparece disfrazado de mariposa. Una mariposa que tenía un ala rota, la derecha, como su pierna derecha, que también estaba rota.
Apariciones que al momento de morir se posaban en su casa. El era amante de la fauna. Por eso me dejó una enciclopedia de animales que años atrás me había dicho que sería para mí, “el día que yo falte”, me recordaba siempre. “La enciclopedia de los animales va a ser para el piguyi”, decía los domingos que íbamos a almorzar a su casa y luego del picadito tradicional con los nietos, enseñándonos magia con la pelota en los pies.
Así te recuerdo querido abuelo. Un orgullo de ser humano. Y no lo digo yo. Lo dice todo el mundo.


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