martes, 24 de mayo de 2016

Los Juegos Del Hambre




El viaje es muy largo. Parada en Baradero, en una estación de servicio. Era un día lluvioso, esa lluvia finita que nos impone un rostro plagado de pecas y ojos achinados. Hay un señora mayor que me mira como intuyendo que, por mis gestos carentes de rutina, no soy de ese lugar. Sólo soy un viajero más.
A 130 km de Santa Fe, el espíritu se regocija de la voz de Freddie Mercury y de comentarios acerca de la magra y brillante vida artística que tuvo ese cantante. Llega el almuerzo. En ese momento, sigo sonando Queen. Y pienso en la relatividad de lo inconveniente que es idolatrar a alguien. Pero ese tipo logra lo absouto. Aunque mucho inglés no entendía, logro captar algunas frases en inglés que las puedo traducir al espíritu, una música que te inunda las fibras hasta ponerte la piel de gallina. La sangre me llega al cerebro, por momentos, y ordena el golpeteo de mis manos sobre las rodillas.
¿Qué tiene la música que logra provocarnos eso? No sé. En realidad, se, pero eso es todo un tema que ese día, en un viaje, intentaba olvidar. No es un olvido casual. Es voluntario e inútil, como todo olvido voluntario acerca de algo que no nos podemos arrancar, como la belleza que fluye del arte: la música, la danza, la pintura, el cine. Nada se olvida completamente. Todo queda archivado en la memoria.
Bueno, más tarde contaré acerca de este sinuoso viaje a la provincia que lleva el nombre que significa Hermosa. Formosa se inauguró un 8 de abril como provincia, tal como se inauguró mi vida, en 1979. Eran las 11.20 de la mañana.
A las 14.26 estaba escuachando Andrés Calamaro, como ahora, transcribiendo este manuscrito recuerdo de viaje. Calamaro me hace acordar a lo que realmente quería olvidar. Suena Negrita, un tema que esta en el disco Honestidad Brutal. No lo quiero escuchar. Me abraza la melancolía.
El viaje sigue. Como la vida misma, abandonando estaciones, ciclos de la vida. Aun teniendo la costumbre de aferrarnos a lo efímero del viaje. Tranquilo, caigo lentamente en el recuerdo. El día de la mujer mundial canta Andrés. La escritura me va alejando del velo de la nostalgia. Me descubre.
6.27 de la tarde. Pasó mucha ruta bajo el auto. En media hora, estamos en Formosa. La capital. La diferencia social se hace carne en los retratos como cuadros mostrados a los costados de la ruta. Norte, sur y centro de la Argentina, esa que quiso fundar una nación en 1853 y dejarlo escrito en la Constitución Nacional, de carácter federal.
Año 2000. Me acuerdo de la frase que dice que dios está en todos lados pero atiende en Capital Federal.
A dos días de haber estado en Formosa, una simple recorrida revela el aprecio que tiene la gente por su país, considerada su patria y su aferro a la cruz de la religión. Con un dejo de desesperación en sus rostros, a falta de recursos materiales para sobrevivir a la vida misma, parece que aferrarse a esa creencia espiritual, los va a salvar del hambre.
El mercado paraguayo, en un eterno puesto de carnaval, predominan la escena formoseña. Gente que trata de sobrevivir vendiendo cuanto puede.  Para poder darle la leche a sus hijos. No es necesario hacer un tan largo viaje para notar la miseria. Con sólo mirar alrededor del ferrocarril, se puede ver la pobreza y la desesperación que aflora de las caras de nuestros conciudadanos. No hay mejor ciego que el que no quiere ver.
Algunos ranchos se traducen en puestos de carnicería con pedazo de res colgados en la fachada de casas de adobe y paja. La manifestación salvaje de lo cruel que puede llegar a ser la comida de un sistema económico.
La vuelta desde Formosa hacia el despacho de dios me hace pensar que aveces uno piensa más en lo que le pasa a uno, más de lo que realmente debería. Producto de un arraigado individualismo que forma parte de las reglas del juego, cuyas reglas ya estaban dictadas y que nadie nos preguntó si queríamos jugar. Un juego en el cual la regla principal es aniquilar al enemigo que se opone a nuestros intereses, en una lucha encarnizada contra el prójimo, diría la Biblia.
Formosa derivó en el individualismo. Sigo el lazo que los une y me remito a cualquier lugar del mapa donde reinen estas reglas de juego. Un juego que responde a un sistema que fomenta el odio entre la gente. Competir, metas, objetivos, progresar al precio de…cualquier precio.
Ahora bien. Si esas son las reglas de juego del progreso, ¿qué posibilidades de progreso tiene una persona cuyos hijos tienen que salir a vender monos o pajaritos enjaulados a la ruta? ¿qué posiblidades de progreso le cabe a la mamá de esos niños que se tiene que prostituir para darles de comer y cuyos clientes son los reproductores de este juego?
Pregunta larga. Como la esperanza de esta gente. Así de larga se les hace a ellos. Cuando no mueren en el medio. Buscando vivir. Sobrevivir. ¿Se explica el odio, el resentimiento de clase, la inseguridad? ¿Se explica que entren a la casa de los que sí tienen las posibilidades y los medios y saqueen lo que lograron con su esfuerzo, sí, es indiscutible? ¿Pero el esfuerzo no tendría que partir del mismo medio y de las mismas posibilidades?
Esto genera enfrentamiento entre clases. Sí, el abc del marxismo. Discurso viejo. Pero real. La Argentina Federal está muy lejos del marxismo. ¿Pero se puede hacer algo desde la democracia, que construye las reglas del juego político en virtud de las leyes de la estructura económica con más o menos intervención del estado? Es importante que el estado intervenga en la economía, por supuesto, regulando los desastres que genera un sistema que se alimenta de la exclusión. Ahora, no hay contrapeso cuando sólo gobierna el mercado con la connivencia de un estado ausente y bobo.
Fin del viaje. Una experiencia dura. He confirmado algunas convicciones que tenía anteriormente.  Hemos dejado atrás 280 mil formoseños que viven como pueden, en una sociedad profundamente dividida por una brecha entre ricos y pobres, valiéndose de un sistema moderno semifeudal de exclusión al aborigen y de inclusión de los que ya vienen incluidos y con cuna de oro. “Que la tortilla se vuelva…”, vuelvo cantando.

viernes, 20 de mayo de 2016

Una familia muy normal



Hurgando en la carpeta color púrpura del Eskritor encontré una de mis primeros análisis acerca del llamado séptimo arte: el cine. En este caso la víctima fue la película Belleza Americana,  o American Beauty, uno de los dramas de Sam Mendes, que fue estreno en el año 1999, y que fue escrita por Alan Ball, protagonizada por Kevin Spacey, Annette Bening, Thora Birch, Wes Bentley, Mena Suvari y Chris Cooper.
Lo titulé “Somos Una Familia Muy Normal” y fue publicado en un semanario local. Su argumento lo sinteticé en una palabra. Me pareció que tocaba el tema de la hipocresía que emerge de las familias tipo. De alguna manera, trata de satirizar la forma de vida de algunas familias norteamericanas.
La actuación de Kevin Spacey, logra un brillante personaje cuya oscuridad infeliz retrata al padre de familia, cuya única alegría mañanera es tocarse debajo de una ducha ni bien empieza el día, tras varias intentonas de buscar tener relaciones con su esposa. Su esposa, una de esas personas que aman tener todo bajo control y organizado, con la casa excesivamente prolija, hasta tal punto de obsesionarse con eso encegueciéndose con cualquier señal de afecto. Lo material omnipresente enmoheciendo el criterio fundamental de la vida que constituyen los afectos, reemplazado por una regla de vida que, en un momento de tensión con su hija, intenta darle su cátedra, luego de decirle que su padre lo avergüenza porque cada vez que trae a su amiga, se moja. “Con la única que puedas contar es contigo misma”, le dice llorando.
Por otro lado, los vecinos que viven justo al lado de la casa, son el costado antagónico, y no tanto, de esta familia. Un padre sobreprotectormente patológico, nazi y amante de las leyes, una mujer que no emite opinión alguna y sumisa, cuyo silencio da el afirmativo que el ex comandante necesita, y un hijo multifacético y drogadicto, pero a la vez reprimido, ambas cosas provocadas por las desaveniencias dictatoriales de su padre.
Ganador de 5 premios Oscar, lo cual no acredita en nada la calidad de la película, muestra de una manera sarcástica, impúdica y perfectamente cruel, lo inconvivible de estas dos familias, cada una por su lado, con distintos paradigmas que se vuelven idénticos al momento de tenerse en cuenta como modelos de infelicidad absoluta.
La dirección de Sam Mendes da cuenta del intérprete de un guión que tiene por momentos, toques graciosamente tristes y con una gran visión de los problemas cotidianos que hacen a cualquier familia tipo que vive bajo el poderoso y nefasto influjo del éxito como norte y objetivo. Las situaciones conflictivas se hacen patentes en un grupo de personas que no saben como manejar los problemas diarios de cualquier grupo de personas y eligen negarlos, disimularlos, disfrazarlos de otra cosa, bajo una máscara de felicidad ficticia.
Un cachetazo a la cruda realidad que se hizo ficción, tantas veces real. Molesta. Una peli que molesta a gente que se fue escandalizada del cine, diciendo: “no me gustó”, “no la entendí”. Es que toca los más profundos retazos de mentira familiar, e incomoda, cuestiona, hurga en los rincones más duros de nuestro ser cuando nos preguntamos si realmente somos felices con lo que vivimos. Si profundizar un poco acerca de lo que vivimos nos acerca a los fantasmas del abandono, de la soledad, de aferrarnos a algo que si perdemos nos liberamos. Y no nos damos cuenta que la superficialidad enceguece y no deja avizorar grandes oportunidades de horizontes que nos esperan cuando profundizamos. Profundizar es doloroso y molesta. Pero bucear aveces te hace encontrar los mejores tesoros. Y lo mejor, es que están adentro nuestro.

domingo, 15 de mayo de 2016

El sucio negocio de la mujeres hermosas




Modelar. Sexo, drogas, ¿rock ´n roll? Milán. Una historia ya conocida que los argentinos no miramos con ojos extraños. Un agencia conocida. Un negocio sucio que empaña la belleza de la mujer.

El título surge de un libro del periodista norteamericano Michael Gross. En él se cuenta detalladamente la identidad de Gerald Marie, un hombre que fue delatado por John Casablancas, dueño de Elite, una agencia de modelos, e inventor del Concurso Model Of The Year.
La deuda circunda en la ignorancia del delator acerca del mundo de las bellas y famosas: fiestas en las que menores de edad deambulan con tragos en la mano y hombres de edad avanzada absorben cocaína floreciendo represiones a fin de obtener la complacencia de los amigos del establishment, aún contra la voluntad de las niñas. Cámaras ocultas se encargan de revelar lo sucedido.
Es una historia archiconocida en el mundo de las modelos sin hacer discriminación entre razas, credos, sexos, geografía.
En Argentina, la modelo Raquel Mancini pone en jaque mate la reputación de uno de los dueños de la agencia de modelos más grande del país, las Dotto Models.
 “Es una cuestión de personalidad. Yo creo que aunque tuviera 14 años, si alguien viene y me dice que tengo que irme con un tipo cualquiera, yo no voy. Nadie hace nada porque te obliguen, todo el mundo tiene que tener en claro lo que quiere y cómo lo quiere”, dijo la modelo Catalina Rautemberg en Buenos Aires. Ella comenzó su carrera viviendo en una casa de Pancho Dotto. Esa casa era alquilada a las chicas que se traía desde el interior. “Dotto las tenía cortitas”, afirma Rautemberg, en referencia al acoso que estas chicas sufrían de algunos señores.
Un codiciado fotógrafo de moda confirmaba el dejo paternal con el que Dotto trataba a sus chicas. Un productor  y una diseñadora admitían que aveces las Dotto lolitas trabajaban gratis, contradictoriamente hablando. Una semana de desfiles de alta costura, campañas y producciones de moda les valió a varias de ellas apenas unas migajas de dinero.
La idea globalizada de que en el submundo de las modelos existe la falopa y la prostitución no es nada nuevo. El tema está en romper entre la sinonimia de modelar y ser modelada a la manera de la mugre que maneja el negocio sucio, de aquellos que manchan y empañan la hermosura de estas bellezas. Es el modelo de interés de unos inescrupulosos que encienden la mecha de la corruptela y fealdad que se esconde detrás de cada ser humano con facciones lindas arriba de una pasarela, exhibiendo su humanidad bajo la mirada atenta del mejor postor y el asentimiento asqueroso de intermediario que oficia de entregador.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Tipo nada



Un lugar para escribir. Nimiedades para pensar. Mucho por contar, pero desde otro lugar. Y la daga sigue ahí, clavada en el pecho como la rosa enterrada en el lugar donde nunca florecerá sin construir ningún nuevo amor

Apostado en uno de los bares cercanos a una universidad privada, el escritor saca la pluma y se pone a escribir por una extrema necesidad que le viene de adentro de su pecho hundido por el furor de una daga que extrae de su pecho y se transforma en pluma que escupe sangre y dolor.
Bahía del Sol se llamaba el lugar donde todo era oscuro para el. La pobreza no figuraba en esa agenda. Impecables de andar y oler. La escasez de agua ni se les cruzaba por la cabeza a esos pibes que todo tenían menos el disfrute de no tener. Sensaciones de que nada faltaba, sobre todo la pobreza del dinero en exceso. Una ínfima parte de la humanidad se conglomeraba en ese rincón del mundo.
En el impulso de la escritura, el escritor se ve seducido por una joven estudiante rubia de ojos claros. No recuerda si son celestes o verdes. Pero era lo que menos le importaba. Hiperinquieta que en un abrir y cerrar de ojos se le había esfumado de la mirada. Ya no estaba. Se perdió entre el tumulto y el escritor cogoteaba  a ver si volvía a ver esa mirada tan sensual que por un segundo frenó el acontecer crónico del mundo. Pensó: son mis fantasmas, como diría el genial Sábato.
La inquietud rubia radicaba en la falta de problemas de carácter primario a diferencia de la inquietud de los pibes de la calle Corrientes nocturna de Buenos Aires que se funda en el pedido de la limosna y en la nefasta tarea de mendigar la caída del bolsillo de una chirola de la gente que asiste a los espectáculos nocturnos de la célebre avenida.
Ya era mediodía y el estómago vacío de los estudiantes crujía con el olor a comida que convertían las bocas en saliva permanente de buen aliento. La fácil satisfacción de esa necesidad es muy común entre pibes que asisten a este tipo de universidades que también se rodea de gente que pide a la salida de los buffets.
Había un estudiante muy bien vestido, formalmente, con anteojos de sol, pelo corto y muy nacionalista, al que se le escucha decir con cierto aire discriminatorio: “es un orgullo concurrir a esta universidad argentina y no a otras donde te quieren meter ideas foráneas en la cabeza”, decía mientras que tras él se veía la bandera norteamericana que ostentaban los carteles oligopólicos de Mc Donald´s y Coca Cola. Tenía un rosario colgando y se decía muy católico con una persona que recién había conocido en su primer día de clase. Lo que no sabía era que ese compañero se apellidaba Feinmann, un periodista que fue muy odiado en el ambiente después.
En un bar pasan muchas cosas, como en un buffet de una universidad. Hay exceso de locutorio cuando todos juntos y a los gritos. Hay indiferencias, alegrías, tristezas, diferencias sociales, diferencias salariales, y gastos de ahorros, expulsados por la máquina de la cajera que aprovecha el impulso del hambre que tiene cara de hereje y que será fácilmente satisfecho por el sinfín de lenguas que hablan mientras compran y compran mientras hablan. La pérdida del ahorro es como un taladro en la cabeza y el oído de la gente, sobre todo a la hora de pagar algo que en 15 o 20 minutos desaparecerá.
El escritor mira su cuaderno. Escribió sólo dos líneas. Las iniciales. Y se quedó, pensando todas estas nimiedades. Y se dio cuenta que perdió el tiempo. Y que no se puede escribir nada interesante desde ese lugar. O sí. Pero no tan interesante. Todo muy superficial. Tipo nada.

11.639 visitas al 30 de setiembre de 2017