domingo, 27 de marzo de 2016

Brisas de genuina libertad



Está en Perú, donde todo le cuesta cada vez más. Como el dicho. Son las elecciones a presidente. Los personajes de la democracia lanzan su discurso arreglando todos los problemas en dos segundos. Toda la carne al asador. Se juegan sus familias, cuyos integrantes están tremendamente dolidos y hastiados por las ausencias de los candidatos en sus casas. Y cada vez que está presente suena el teléfono. Gestiones, reuniones, indicaciones. Todo un jefe, menos en casa.
Sin embargo, a él ya no le importa ya perder a su familia, a la que quiere con el alma, pero que no puede luchar contra su pasión, que es la política, una amante muy celosa.
 55, 96 % de las mesas escrutadas. Vibran las casas de los políticos. Las familias pegadas a la caja boba, de donde salieron todas las mentiras propuestas hacia la masa uniforme, que se siente que participa en política porque el domingo fue a votar. Y después almorzaron el asado o las pastas con sus seres queridos y hasta discutieron de la situación que vive el país, algunos en contra, otros a favor del statu quo reinante.
Siempre hay uno que no cree en nada. “Ni siquiera anarquista”, cantaba el Chizzo de La Renga, cuya voz filosa y gastada emanaba de una radio que cada tanto comentaba los resultados de la jornada electoral.

Uno de los candidatos de la derecha se adelantó y quedó en orsai, como dice el futbolero argento. Salió a decir a los medios que repudiará el resultado electoral, ya que con las mesas escrutadas en un 60% se daba cuenta de que estaba perdiendo. No por mucho. Pero se las veía oscura.
Los medios de comunicación apostados en su casa le pedían que salga a dar declaraciones. Finalmente salió de su casa, atravesó la puerta con los hombros del saco caídos, muy disconforme, con los ojos llorosos y tristes, con el rostro pálido de no dormir, revelando la faceta humana de la desazón, la desilusión y de la desconfianza. Aun así, afrontó las cámaras con todo coraje, vestido con saco y corbata, peinado a la gomina Lord Cheseline, para asegurarse bien de la fijación en su cabeza. Declaró: “El proceso electoral es inaceptable. Ha sido tremendamente irregular y contaminado. Algo que nos avergüenza como ciudadanos”. Y agregó: “pero voy a luchar para terminar con el fraude (sus hijos lanzaban sollozos, frente a la tele) y para que esto se realice como corresponde. Nada más. Buenas noches”.
Los periodistas amontonados para rescatar la primicia que le llevaría el morfi a sus casas y le daría de comer y útiles para la escuela de sus chicos, insistían con más preguntas para aclarar semejante falsa oscuridad. Pero intempestivamente, el candidato se sacó los micrófonos de encima con un manotazo y se volvió a su casa, donde lo esperaba el dolor genuino de la gente que lo amaba.
En el interín, ve a un periodista que hace un gesto con el dedo índice en su sien, simbolizando locura del candidato. Se vuelve y le dice: “con gente como usted, el país tendrá una prensa totalmente amarilla y tendenciosa”, y mira al resto de los periodistas, diciéndoles: “con gente maleducada no me gusta tratar”. Y sigue su camino sin mirar nunca más para atrás. Uno de los periodistas grita: “chusma, chusma” y hace el gesto del personaje del Chavo del 8, buscándole un poco de humor a la situación tensa.
Perder implicaba volver a la casa y ver las caras de desazón de su familia, que gastaron todos sus ahorros en algo que no sirvió. Que dejaron de irse a ese viaje tan soñado por su esposa para despejarse de la rutina cotidiana y volverse a encontrar como pareja. Ella lo amaba. Él no sabía.
Nueve de la noche. El candidato cierra la puerta de su casa para no volver a pisar un partido político. La mujer lo esperaba con la cena servida. Su hijo se estaba bañando. Y su hija hablaba por celular con su novio que la consolaba y le decía: “Quedate tranquila. No creo que vuelva a la política después de este batacazo”, le decía quien había votado a la izquierda y tenía una pésima relación con el papá de la “nena”.
La Oficina Electoral de Procesos Electorales (ONPE) del Perú pidió cadena nacional. Y se dio finalmente el escrutinio oficial. La derecha era gobierno y no quería perder el ejecutivo. Obviamente, porque vislumbraban caos. Porque sabía que si la izquierda investigaba, que lo iba a hacer, iban a terminar todos presos. Mucha corrupción. La vista gorda en temas de trata, de falopa, de medicamentos truchos, de relaciones carnales con los Estados Unidos y una aduana en la que hacían agua los controles a las importaciones.
Escrutinio final: ganó la izquierda finalmente. Los festejos callejeros se hacían oír en todo el país. La derecha se quería matar. Pensaron en la canción de la Bersuit, sin ser bersuiteros. Se viene el estallido. Era más una expresión de deseo, que una expresión de roquero.
Imaginaron quitarles el poder por la fuerza. Como el nene caprichoso, dueño de la pelota e impotente, que cuando pierde el partido se lleva el balón como trofeo falso, ante la imposibilidad de ganar la contienda.
El candidato de derecha se sintió un títere de las multinacionales. y dejó de creer en la democracia, de la que se valió para realizar su campaña. Pero vino lo peor...
Las calles de Lima se tiñeron de sangre y violencia cuando se encontraron grupos de izquierda festejando y grupos de derecha tratando de impedir la algarabía popular, que sintieron un cachetazo tan pecaminoso e inmoral en su rostro prolijo.


Al grito de fraude electoral salieron despavoridos a golpear a militantes de izquierda que vivían la jornada con algarabía y acompañados de sus familias. Había niños que no entendían nada. Miraban con mucho temor cómo corría la sangre por las calles de Lima.

El candidato de derecha ordenó inmediatamente a sus compañeros de militancia que la policía contenga sin reprimir la trifulca. Era imposible.
Desobedeciendo toda letra que emane de un protocolo de seguridad, empezaron con gases lacrimógenos, balas de goma y balas de acero. Mataron, algunos violaron a mujeres, aprovechando la situación de acefalía gubernamental, robaron comercios y torturaron. Quienes tenían que velar por el cumplimiento de la ley fueron los primeros en romperla.

El candidato de derecha lloraba desde el sillón de su casa. La situación se les fue de las manos. Y se preguntaba si alguna vez había tenido el control de la misma. La mujer lo consolaba. Sus hijos lloraban y le pedían que por favor no vuelva a meterse nunca más en política.
Los periodistas ya se desintegraban de la reunión. Se dirigían a sus respectivos medios para cerrar la edición del domingo y no volver tan tarde a sus casas. Querían ver a sus hijos, a sus parejas y sentir el amor de la vuelta a casa. 

En la caminata, un periodista le decía a otro: “menos mal que no ganó el represor ese. La derecha ya fue. Me da la sensación que vienen épocas mejores, de inclusión social, de estado de bienestar keynesiano, de poder consumir lo que queramos, de igualdad social. Me parece que vamos por buen camino”. De pronto siente que un policía se le acerca y le dice: “me va a tener que acompañar a la seccional”


-¿Por qué?
-Averiguación de antecedentes
El periodista se ríe de los nervios. Su compañero miraba despavorido. “¿Me está cargando? Dígame que es una joda. Por favor”
-No le falte el respeto a la autoridad-le dice el policía.
-Usted me está faltando el respeto a mí. Soy periodista y tengo derecho a opinar lo que quiera.
En ese momento, el policía lo agarra del brazo ante semejante “actitud libertaria”, y el periodista se suelta y lo apunta con el dedo, bien plantado sobre sus pies le dice: “Déjeme. Se manejarme con  inteligencia y sin el uso de la fuerza. ¿Dónde está su móvil policial? Puedo ir caminando sin que me ponga las manos encima”, le dice el periodista.
-Copiado-le dice el policía.-Venga por acá- Y se lo lleva al móvil apenas apoyándole las manos en su espalda ante la desconfianza de que se le escape la tortuga mal hablada.

La trifulca en las calles ya se había desintegrado también, a costa de excesos policiales. La sangre todavía manchaba el honor ciudadano y al proyecto de democracia, si es que existía. Camiones de hidros limpiando las calles. Basureros que juntaban los residuos del capitalismo y de un orden económico para algunos. 

Sin embargo, ya se olfateaban brisas de genuina libertad y vuelta a la calma en un clima donde las personas se reconocían en otras que sentían lo mismo.


martes, 15 de marzo de 2016

CEGUERA NACIONAL



Revolviendo unos papeles de la carpeta color púrpura, sigo encontrando cosas que me sorprenden rotundamente. Un manuscrito titulado Costumbres Argentinas, que dice así y no es ningún estreno. Es la vieja historia repetida del “yo veo un museo repetir el pasado” de El Tiempo No Para del brasilero Cazuza, que interpreta tan argentinamente la Bersuit Vergarabat, con el pelado a la cabeza todavía y De La Cabeza:
“Las opiniones acerca del discurso televisado en la cadena nacional dan cuenta de un país aburrido”, arranca. No se si se acuerdan del spot televisivo de la campaña de De La Rúa en el que se quejaba de que le decían aburrido. Quería dar la imagen de honestidad y moderación que se había ido por la borda en la era del menemato.
Sigue: “El discurso mostraba a un presidente ´honesto´y ´preocupado´por su país. La veracidad de sus intenciones no son certeras. Tampoco es buen actor”.
El contenido del falso discurso apelaba nada más ni nada menos que al pago de impuestos y la obligatoriedad “moral” que conllevaba dicho deber ciudadano. Dato al margen: había un índice de desocupación del 14,7%. Y se había incrementado rotundamente el subempleo.  
Telefe hacía pública su ironía con el presidente de entonces. Se lo veía al conductor Raúl Portal (acérrimo defensor del cura pedófilo Grassi) dramatizar con ironía barata a un pedazo de discurso presidencial: “si usted no quiere pagar los impuestos, no pague”.
Hacía mucho que no se hacía cadena nacional. Durante el menemato salía Carlos Corach a hablar al público por la mañana, como lo hizo Aníbal Fernandez durante el gobierno de CFK. Es publicidad de los actos de gobierno por más que las viejas oligarcas y no tanto se quejen de que no pueden mirar la novela, como si la ficción superara ampliamente a la realidad en materia de prioridad ciudadana atienente a la democracia que se alimenta de la participación popular.
En el débil discurso, De La Rúa rogaba encarecidamente que paguen los impuestos. Y la remató diciendo: “Si no pagamos los impuestos, nos vamos a arrepentir. Este país desaparece” Como si este país se mantuviera en pie por los impuestos de la clase baja y media, ya que la oligarquía evade impuestos, porque son quienes gobiernan los hilos de la política. Eso no es nada nuevo. Genera ganancias a costillas de la clase trabajadora, cuando manejan los hilos de las marionetas del Congreso Nacional haciendo leyes para mantener el statu quo económico vigente.
El único gobierno que enfrentó esta situación con un estado de bienestar keynesiano como modelo económico fue el kirchnerismo, que perdió el último ballotage con un candidato poco kirchnerista y más cercano al “desaparecido” duhaldismo.
A la mañana siguiente se escuchaban las opiniones indignadas de los ciudadanos. Radio Continental transmitía la voz del ciudadano Jorge que decía que “no se puede extorsionar a la gente para que pague sus impuestos”. Ya se estaba delineando una pueblada porque parecía una cargada la conminación ulterior en pos de evitar la desaparición del Estado. Estaba vaticinando el lema anarquista del “que se vayan todos” y era inminente un estallido social.
Producto de las costumbres argentinas de la década pasada, es la ingenuidad voluntaria con la que se maneja el pueblo argentino en las urnas, el único día dominguero en que se siente parte del país y vota para después ir a comer las pastas del domingo con su familia y hablar y discutir de política. Sólo ese día. Para que todo siga igual. Con la cabeza inundada de promesas que revelan los medios al mejor postor publicitario. Los medios de comunicación se transforman en la gacetilla de prensa del partido que la tenga más grande. Hablo de la maleta.
Falta poquito. De La Rúa remata diciendo y burlándose de la teleaudiencia: “Estamos en el tercer mundo. Paguemos los impuestos porque se nos viene el país abajo”. Los argentinos critican, sintiéndose abajo. Escupen para arriba, cuando lo pueden hacer en forma horizontal. Se olvidan que esa gente está ahí por ellos y para ellos.
Termino de leer el manuscrito de la carpeta color rosa púrpura. Y se me viene a la cabeza la coyuntura actual. No hay más ciego que el que no quiere ver.  

sábado, 12 de marzo de 2016

Volver a creer



“Sabés… que es difícil amar/ si uno está mordido” : verso de la canción ¿Ves?, del disco Érase de La Vela Puerca.

Tomó el colectivo. Tardaba en llegar hasta que llegó. Se iba. No sabía bien adónde. Pero escapaba. Y no sabía bien de qué. Iba ensimismado. Con la mirada corta. Sin mirar alrededor, queriéndolo hacer. Pero sus pensamientos nefastos no lo dejaban.  Le había pasado de todo. Albergaba toda una colección de problemas que quería escupir, pero no encontraba escupidera. Ni un oído a quien contar. Se habían borrado todos. Los que eran sus supuestos amigos…en el éxito, por supuesto. Porque así, en ese estado, no les servía. Era pesado estar con él.
Él se miraba el ombligo, decían. Es egoísta, repetían cuando el flaco no estaba. No lo querían lastimar, pero lo lastimaba más ese silencio conspirativo que le hayan rajado una puteada a tiempo.
A su vez, él pensaba que sus problemas no eran algo así como los de aquellas personas que no llegan a cubrir: hambre, sin casa, miseria, violencia. Y pensaba que sus problemas, después de todo, eran un ínfima parte de quienes sufrían esas cuestiones tan fundamentales para un ser humano. Lo mío es existencial, pensaba. Lo de ellos también. Pero es peor aún. Porque están igual a mí, pero faltándole lo que a mí me sobra. Que injusto, pensaba. Me siento un estúpido. Sufrir por esto. Se soluciona lo mío. Ellos no pueden solucionar nada. Porque forman parte de los excluidos, de los marginados sociales, de los discriminados y de los vulnerados.
Sin perjuicio de eso, se sentía mal, angustiado, no podía levantar cabeza y brillar como brillaba en otro tiempo. No podía expresar todo lo que tenía para dar. Porque estaba ciego y cansado. Se iba alejando lentamente del sentido común de las cosas. Balbuceaba incoherencias cuando le preguntaban algo que no requería de mucha elaboración para contestar. No podía pronunciar palabra. Todo era monosílabo en sus labios. Contestaba lo justo y necesario, como decían en la iglesia a la que asistia religiosamente todos los días.
Quizás esté exagerando un poco con todo esto, seguía pensando mientras el bondi se hallaba en movimiento. Cada vez que se movía se licuaban un poco sus quilombos. Pero cada vez los pies pesaban más.
Empezó a pensar que quizás estaría bueno darle una mano al que sufría algo parecido a él. Y ahí empezó a romper el cascarón del ensimismamiento. Pasó de mirar a ver la cara de los demás. Los ojos de los demás que hablaban sin voz. Los parpadeos que emitían el sonido del dolor, del cansancio y del hastío.
Se sintió mejor después de hablar con un compañera de asiento que le empezó a preguntar si tenía frío. Que cerraba la ventana del colectivo. No, no, le dijo, apenas en un balbuceo. Y el otro se dio cuenta que algo heavy estaba pensando al ver que en su mejilla corría una lágrima inadvertida por él. Porque se la habría secado para que nadie lo viera. No se permitía llorar en público,le daba vergüenza.
Su compañera le preguntó si le pasaba algo. Si lo podía ayudar con algo. No creo, le dijo él, pensando que hablaba con una extraña que, al levantar su cabeza y verla, vio la tristeza indisimulable de sus ojos que habían perdido a un ser querido hacía poco.
Era sumamente hermosa. Su pelo atado con un pañuelo le hacía caer sobre sus hombros para continuar elevándose sobre su pecho, sutilmente cubierto con una camisa celeste que dejaba entrever y asomar sus pechos sobre los que él se recostaría para ser acariciado. Todo pensó en un segundo de su vida y soledad.
Ella lo seguía mirado, a la espera de una respuesta. Unos ojos grandes, sufridos pero vivos. El no contestaba nada. Tenía un dolor profundo que sentía en su pecho como si le estuvieran clavando maderas para no dejar salir sus sentimientos. Era como tapar un sol con un pañuelo. La madera se prendía fuego con el volcán que sentía en su interior, un fuego que encendió tan sólo la mirada de ella, comprensiva y complaciente.
Por fin respondió. Gracias por preguntar, le dijo. La verdad que si. Me siento mal.
-¿Por qué? – le preguntó ella. –Bah. El viaje es largo. Si me querés contar, tenemos tiempo.
Y el pensó: de tanto mirarme de tan cerca y de estar pendiente de la virtualidad del teléfono, me estaba perdiendo la realidad. Y esta cosa hermosa que me está pasando.
Ella era muy linda. Por fuera, preciosa. Y por dentro, se notaba que también.
Que insoportable me torno cuando me miro a mí mismo, se dijo. La solución está fuera de mí. Mirarme sólo, no sólo que me jode más a mí, que no encuentro solución a lo que me pasa, sino que jode al resto, que me viene a pedir una mano y no se la doy porque estoy dormido pensando en mí. Que insoportable debo ser para el resto. Que paciencia me tienen. Que desagradecido que soy. Porque una cosa es que me escuchen un día y otra cosa es ser tan monotemático que resultas predecible. Y para predecible esta la rutina, que tanto nos agobia y separa unos hombres de los otros.
-Bueno dale. Pero me prometes que vos también me vas a contar qué es lo que hace que esos ojos hermosos estén tan tristes.
Ella le dio la mano. Y con la otra, le secó una segunda lágrima que ya asomaba en sus pupilas cargadas de dolor. Le dijo: arrancá, dale. Estoy a tu disposición para lo que necesites.
Y arrancó. No sólo con su relato doloroso, sino con su vida que había recobrado el sentido. Y volvió a creer en el amor.

sábado, 5 de marzo de 2016

Hugo



Hugo es  una canción que surgió en uno de los ensayos de Otra Vez Vos, en la casa de Oscar Oreja Celeri, en la terraza de Oscar, donde ensayaba a banda desde que arrancó por allá, por el 2010.
Hugo es la historia de una persona privada de su libertad. Es la universalización de una historia individual. Y la individuación de una realidad que ocurre seguido en la cárcel, con sus presos y el maltrato policial infligido contra ellos. Y la reacción de estas personas privadas de su libertad por algún crimen cometido contra el sistema de exclusión capitalista. Delitos sobre injusticias sociales, reacciones a un sistema que excluye a un sector de la sociedad que no fue invitada al banquete para unos pocos. No entran todos en la mesa de los hacedores de leyes que respeten la propiedad privada de unos pocos.
Hugo es uno de ellos. Un preso, excluido y recluido entre unos tantos excluidos del sistema que construyó un derecho penal para los pobres que molestan al sistema capitalista. Hugo es una muestra más de la miseria del sistema, un estiércol más que sale por la gran cloaca del sistema que escupe pobres hasta matarlos, a través del sistema policial, que selecciona el crimen, que engendra una selectividad criminalizando lo que es más vulnerable. Hugo pertenece a ese sector vulnerable, donde habitan chorros, putas, narcos, faloperos, violadores…los “hijos del culo” que bien pinta Bersuit en ese disco tan atinado. Chicos con la pancita inflada de aire. Una pancita que sufrió latigazos de un padre borracho, que se infla sola para recibir alimentos, que se le infla el pecho para agarrar coraje y salir a afanar para comer, al precio de …su libertad y cuando no , al precio de su vida.
Hugo creció en ese ambiente. No tuvo las posibilidades que tuvo un empresario. Por eso un buen día, no lo dejaron en paz en la cárcel, ese ambiente donde te pisan la cabeza, te violan, te matan, porque es tierra de nadie y porque los derechos humanos hacen agua entre papeles judiciales que corren al tiempo de una tortuga, pidiendo permiso, cuando la faca ya está clavada en la panza, cual Jesucristo y la lanza que finalizó con su vida.
Hugo un día se cansó. Agarró hilo y aguja. Nadie sabe cómo lo consiguió. Y no quiso comer más. Llevó sus manos hacia los labios. Pegó un puntazo en la comisura derecha con la mano derecha y con la izquierda sacaba la aguja ensartada en esos labios que un día besaron a una mujer preciosa que lo va a visitar asiduamente a la cárcel. Y el llora todas las noches y no puede dormir. Porque sospecha que lo traiciona. Porque sabe que los vigilantes se la van a querer levantar. Y de hecho ya había mirado de otra manera a un vigilante que le permitió estar una horita más con su marido.
Y seguía cosiéndose la boca. Porque ya no quería comer. Porque la angustia que sentía del encierro era tan grande que no quería comer la mierda que le daban que no figuraba ni en los protocolos carcelarios porque la verdadera comida se la quedaban los “vigis”.
Le sangraba hasta mitad del cuerpo. Todo lleno de sangre se para y se mira las manos que le chorreaban sangre. Y con la boca ya enteramente cosida le sonríe a un vigilante que se le viene encima para que desista de lo que está haciendo. Y cuando lo ve venir le hace una sonrisa guasónica con la boca cosida y alcanza a pegarle una trompada que lo deja tumbado al milico. Y enseguida lo tumban dos vigilantes más que lo tiran al piso. Uno de ellos, le toma la boca con sus manos y le abre los labios a la fuerza. Salta sangre para todos lados y se produce un griterío en todos lados. Y se arma una batahola de piñas y trompadas y patadas y tiran de todo, gases lacrimógenos, colchones contra los milicos oficiando de escudo y palazos de vigilantes contra los presos. Se arman dos grupos gigantes entre policías y presos, enfrentados. Y empiezan a los tiros, porque los presos llegaban a quitarles el revólver a los policías, y las armas las había cargado el diablo.
La cuestión es que Hugo se había perdido entre la multitud y cuando puede ver bien, entre la sangre que corría por sus ojos, alcanza a verla a ella que lo iba a buscar. Enseguida va corriendo a abrazarla, para escaparse juntos. Veía todo empañado. Y cuando está por llegar a sus brazos eternos que lo iba a sacar de esa puta realidad que le tocaba vivir porque robo  a punta de pistola una pollería para poder llevarle la comida a los pibes que tenían con ella, el mismo vigilante que le había abierto la boca a la fuerza, le dispara desde el piso, porque l estaban cagando a patadas otros presos. La bala va en dirección diagonal desde el piso hacia arriba. Parecía que iba con comba. Hizo un recorrido animal que terminó mordiendo un cacho de nuca de Hugo, justo donde pasaba su médula espinal. La sangre la salpicó. Ella lloraba al verlo tan muerto. Más que antes. Esa noche fue la última vez que se besaron. Ella nunca lo había traicionado. Era el amor de su vida. Y no lo pudo ver nunca más. Y nunca más pudo amar.
La banda Otra Vez Vos le dedicó una canción a esta historia. La titularon Hugo:

Hugo…se cosió la boca
Hugo…y no le dijo naaa…
Ella me dijo que me olvidara
Creyendo saber todo de mi
Dijo que dejara todo cómo esta
Olvidándose de mí
No frenó ni pa saludar
Le dije vas a volver
Porque mi vida si vos ya no estas
Tampoco quiero comer
Dame una simple razón de vivir
Poder reír sin llorar
Sintiéndote aquí sintiéndote aquí sintiéndote sintiéndote sintiéndote
Hugo se cosió la boca
Hugo y no le dijo na
Hugo se cosió la boca
Hugo y no le dijo na
Momentos fríos que traen soledad
Sin saber  si vendrás por acá
Acá te espero mi amor sólo yo
Golpea la puerta por favor
Pasan los días y sigo aquí
Sigo cosido esperando por tí
Anda buscando ropita ponete bonita
Porque vas a venir
Dame una simple razón de vivir
Poder reír sin llorar
Sintiéndote aquí sintiéndote aquí sintiéndote sintiéndote sintiéndote
Hugo se cosió la boca
Hugo y no le dijo na
Hugo se cosió la boca
Hugo y no le dijo naaa

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