jueves, 26 de febrero de 2015

Viaje al Parador de la Montaña

Qué locura genera reordenar y ordenar las cosas que emanan de algún lugar donde rebalsa de papeles. Te encontras con cada recuerdo que te sorprende. Un cuaderno de anotaciones donde dejaba registrado algunos de los movimientos de las vacaciones en el Parador de la Montaña, en Córdoba. Con los primeros dibujitos de la chula. Los primeros solcitos dibujados. Y algunas anotaciones, como por ejemplo del mail de la Cutu, una guía del parador que iba a buscar a la chula y la llevaba a ordeñar unas vacas.
El viaje había arrancado tempranísimo. 4 y 30 ya estaba arriba. Yo que me había prometido dormir bien. No sé por qué pero me ocurre que cuando estoy por realizar un viaje no puedo dormir. 5.45 ya estábamos saliendo. Apenas asomaba el sol. Nos esperaba un largo viaje. No pasamos a cargar gas para no despertar a la criatura que durmió gran parte del viaje.
Ruta a Navarro, todo en mal estado. Mucho poso. Íbamos despacio igualmente. Mucho tráfico. Parecía mentira a esa hora de la mañana. Seguimos un tramo más y manejó ye. Quise dormir y no pude. En un momento dado, estaba mirando el GPS. Se había equivocado el camino. Nos metimos por unas callejuelas bajo la autopista. Allí preguntamos y nos indicaban caminos de salida a un barrio donde las calles no tenían continuación. Desesperación. El GPS te mandaba a cualquier lado. Un tipo que nos indicó mal. O nosotros entendimos mal. Fuimos a parar a la loma del tujes. En la desesperación, cambiamos el volante. Tomé el timón del auto y me autoconvencí en que no puede ser tan difícil salir. Preguntamos a otro tipo que nos indicó perfectamente cómo salir.
Volvimos a la ruta. Otra vez en viaje. Pasamos horas y no veíamos ninguna elevación de la tierra parecida a una sierra. Yo invocaba películas idiotas que veía en mi adolescencia como Tonto y Retonto, con la cual me sentí plenamente identificado. La parte en que Harry le dice a Loyd que pensaba que las Rocallosas eran mucho más rocosas. Y el otro le había errado unos cuantos kilómetros de camino. Había estado viajando casi 6 horas en la dirección equivocada por hacerle un chiste a su amigo mientras dormía. Le había tapado la nariz.
Bien, cargamos gas a cada rato. En la última estación de gas, en el pueblo de Oncativo, cuando el flaco estaba cargando gas me saca la manguera de carga. Con Ye estábamos alejados y la chula a la sombra bajo unas incipientes construcciones de una estación de gas que hacía 6 meses que existía, en medio de la nada.
Cuando le voy a pagar al chabón, se escucha una explosión de agua que sale de la parte delantera del mi vehículo. El tipo atinó a salir corriendo. Yo me alejaba pensando que explotaba mi vida. Hacía poco había explotado u auto en una estación de gas y eso me tenía con la cola entre las gambas.
La cuestión es que cuando les voy a pagar a los chabones, les pregunto: -¿Qué pasó?
-No. Es la manguera.-Me dice el flaco, como si fuera a decirme que siga viajando. Con esa naturalidad.
-Sí. Pero ahora no puedo viajar así.-Le digo temblando y mirando a mi mujer y a mi hijita.
-Y…no.-me dice el tipo, y agrega para enfriar una fiera hambrienta: -Encima hoy sábado, 2 de la tarde, no podemos llamar a nadie. Vas a tener que esperar hasta las cuatro de la tarde hasta que abran los negocios. Para comprar una manguera de repuesto. Yo te la cambio, si querés , pero necesito la manguera.
-Me quiero matar-le digo.
-Agradece que te pasó acá y no en la ruta-me dice el tipo más frío que yo y con una razón típica de quien no está sufriendo la desgracia en ese momento.
Al rato, le cuento a Ye que vamos a tener que esperar hasta las 16 horas. Dos horas de calor intenso. En Oncativo, Córdoba. Yo recordaba la frase de un amigo de mi hermano que vivía en General Moldes. Decía que era un pueblo de primera, porque si ponías segunda se te terminaba. Oncativo era igual.
Bue, nos sentamos a comer. Íbamos a meternos en el pueblo a comer algo. Comimos en la GNC de Lost, le decía yo, porque no había un alma alrededor. Faltaba el humo negro y Jack nomás.
Continuará…

jua jua!

viernes, 20 de febrero de 2015

La insostenibilidad del valor

Una seguidilla de días que se pasan una y otra vez ahí adentro. Días grises, cual institución acéfala de cerebro. Una suerte de simulación de caminar con inercia estando de acuerdo. Con lo imposible de acordar. Menos a valorar. Ese sentimiento que nos empujó a estar ahí contra viento y marea. Con cada vez más viento en la proa.
Cuando se habla en serie y no enserio. Una velocidad inusitada y con tanta falta de razonamiento crítico que tapa innumerables construcciones de valores, ya determinados de antemano y sin la más mínima participación en su construcción. Los errores que van de la mano de una velocidad construida para confundir. Y menos que menos para valorar. La formalidad amiga de la antipracticidad y enemiga de la  esencia de las cosas.
Gente que señala a otra gente bajo el dedo de la superioridad titulada que ejercen un discurso tan lejano a la realidad. Discursos que retumban como ecos en palabras penduleantes dentro de una burbuja que no se rompe nunca. Señalados que miran desde abajo con miedo a perder una vida, triste vida, esclavizada, creyendo ser libre.
Todo cuidadosamente diseñado. Como un crimen perfecto, cuya víctima es la humanidad excluida. Todo anatómicamente diseñado en el gigante cuerpo social. Todo en pos de los discursos garantizadores de la propiedad privada.
Funcionales y, por ello, falsos comentarios de agentes que colaboran y reproducen el sistema. Tan contradictorio es hablar de sistema y del hombre. Términos enfrentados que se conjugan erróneamente y funcionalmente para contralor del statu quo.
Tristes vidas de hombres grises que creen ver la felicidad detrás de una vidriera. A través del consumo, eterno deseo cuyo círculo nunca cierra, salvo cuando muere su portador.
Un espejo que los refleja nunca los mira sinceramente a los ojos. Está para ver si la silueta cumple con las condiciones estéticas del mercado.
La realidad la analizan como si vivieran en el polo norte. Pero los ojos están en Africa. Cuando mueren creen que colaboraron con su patria, cuya economía no tiene reparo alguno de sustituirlo por algún otro muñeco que extraen del ejército de reserva industrial que se manifiesta masivamente y que se mide a través de la tasa de natalidad. Otro sello y número más en la nuca de un bebé cual si fuera un producto más del mercado.
Así se suceden los días en la vida de una persona que vive la vida en este mundo globalizado. Escuchando todo tipo de locuras. Aprendiendo a esquivar toda seudoconducta destinada a aventajarlo. Un país tan incrédulo en todo, a causa de su calidad de víctima de engaños. De traiciones, de obstáculo ante todo atisbo de bienestar.

Mesas que separan vidas, salarios, realidades ante falsedades. La estupidez especulada. La lucha desigual ante un enemigo en común, de la misma especie del amigo. Verticalidad desinteligente que arrecia y enceguece la contemplación. Cuando las papas queman, la velocidad hace insostenible el valor y el respeto por el ser humano.

11152 visitas al 20 de marzo de 2017