viernes, 12 de diciembre de 2014

Descansar para siempre

La muerte es un instante definitivo cuyo efecto no se llamaría de por vida. Mas bien habría que decir de por muerte. O sea, mientras estás muerto.
Una característica de la lapicera que escupe desordenadamente estas palabras es justamente eso. El caos temático que ocurre en la cabeza de este tipo. Sentado en el bar. Tiene mucho que decir. Su gran error es acumularlo y no decirlo. Piensa en decirlo. Lo que siente, sin prejuicios. Que los demás respeten su caos mental y su ser. Y el que lo mira insatisfecho, problema de él. Porque esa persona seguramente tiene algo que decir y no lo dice tampoco. Todos tenemos un infierno en la cabeza, cantaban. Pero no todos se animan a manifestarlo. La voz de los callados, reza un blog. ¿Quién será el estúpido entonces? ¿El que lo dice o el que queda con la vena y la descarga de otra forma?  Violencia, por no decir. No demostrarnos. No mostrarnos tal cual somos. Ser sinceros con uno mismo.  Por no ser auténticos y mentir acerca de nuestra verdadera personalidad. Por la estúpida razón de quedar mal. ¿Ante quién?
Todo esto pensaba el tipo sentado en el bar. Y se daba manija: si uno es como es se lo tiene que respetar. Tal cual es. Que estas y otras actitudes en las que juega el prejuicio y otras anomalías de las personalidades son las determinantes de la represión. Que a su vez es descargada de diferentes maneras. Y sí. Una de ellas es la violencia. Otra, cuando la represión se da en una persona sumamente frágil en cuanto a sentimientos, es el suicidio. Ese vejamen autoflagelante que sufren las sociedades, por lo general, el día domingo. Una decisión dolorosa. Un horror que sufren quienes rodean al suicida.  Una escapatoria fugaz e inmediata a una realidad cuyo peso se torna insoportable. No dar más. No poder más. Frases de distinta gramática cuando eso es lo que menos importa. Frases que generan la atención del resto o la indiferencia, con lo cual su ejecución llama poderosamente la atención ante el bienestar inmediatamente anterior que sufría el suicida.
El tipo no pensaba en suicidarse. Pensaba que era cobarde eso. No afrontar la realidad. Ponerle el pecho a las verdades que se les iban revelando como los capullos que se abren al comienzo de la primavera. A su vez, sentía que no era valorado. Y se decía que él podía ser lo que era. Que las expectativas fracasadas de los demás lo condicionaban. En realidad ya no. Pensaba siempre qué pasaba si la persona que tenía al lado mañana desaparecía de su vida. Y escuchaba sonar a Andrés Calamaro de fondo diciendo que “cada corazón merece una oportunidad”. El amor es dolor también, pensaba. Que ese dolor se transforma en autodestrucción.
Mientras esto pensaba mira el reloj. Se da cuenta que estuvo tres horas sentado en la misma posición. Alienado de todo suceso externo. El tiempo maldito se iba impiadosamente hacia algún lugar, sin detenerse un segundo para ver qué le pasaba a este pobre cristiano. Había perdido lucidez a esa hora. Estaba cansado. Se mira al espejo y recién ahí notó que había llorado. Los ojos bien rojos, ojerosos. Perdió el foco de cómo había terminado en ese lugar, tan ajeno, tan lleno de extrañeza. Y vuelve a focalizar en ella. Una. Sin nombre. Lo tuvo. Hoy se borró. Ya no es más la que era.
De a poco, atina a levantarse. Los demás leen cada uno de sus movimientos. Pero a nadie le interesa. Porque no lo conocían. Y si lo conocían, a lo mejor a alguien le interesaba. Pero no era este el caso. Igual no se dejaba conocer. Por miedo a sufrir. Porque se encariñaba enseguida.
Mira alrededor. Apenas ve que lo miran. Una máscara de risa invade su rostro. Se sentía un poquito mejor. Pero no del todo como para reír. Las apariencias engañan. Trillada frase si las hay. Pero cuando uno se da vuelta las apariencias te acribillan o te clavan la daga por la espalda. La misma daga que este tipo sentía en el pecho. Apariencia traicionera que no dejaba ver con claridad las intenciones del tipo que se iba sin pagar.
El tipo se va. Atraviesa la puerta y el tipo del boliche no le dice nada. Porque se dio cuenta. Le hace un guiño al mozo para que no le cobre.

Se iba trastabillando sin haber tomado. De la angustia que le provocaba la situación. Pasa por un negocio. Se mira al espejo. Se mira las manos, de las que partía un líquido espeso, púrpura. Mira la otra mano y se da cuenta que se había robado un cuchillo de una de las mesas. Nadie lo había percatado. La daga que tenía en el pecho se la sacó con los pensamientos y embroncado con el tiempo y su indiferencia hizo un movimiento que terminó en esta escena frente al espejo. Vio una especie de callejón. Era de noche. Domingo. Y se tiró a descansar. Para siempre. 


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