miércoles, 1 de enero de 2014

Locati, Barreda, Monzón y Cordera también, matan por amor.


Estuvo con otro tipo, se dijo para sus adentros. Ese sería el fin. Lo dijo una mirada suya de indiferencia. Quizás lo provocó por el miedo a que ocurra. Ojalá que no. Porque sería el fin de verdad. El final de una vida.

Sería feísimo seguir trabajando. Salir y verla irse con otro. Como se iba con él. Suena horrible pensarlo. Peor sonaría vivirlo. Un acorde totalmente fuera de pentagrama. Disonante. Sobresaliente del resto. En un primer plano gris. El mundo se vendría abajo con él observando esa escena. La única intacta.

Una vez le había dicho que no podría mirarlo a la cara si aquello ocurría. El miedo era una persistencia que excedía aquella frase tirada bienestar mediante. Sus amigas la querían ver bien. Entonces no lo recomendaban. Al contrario, le recomendaban una vida más light. Como la de la tele. Actitudes cuasiingenuas que calientan a un cazador de oportunidades.

Dolor, dolor, dolor. Pecho clavado en daga profunda internada hasta que atraviesa la espalda. Imposible de extirpar semejante hierro hirviendo chorreando sangre y lodo. Infección de un amor que no está más. Porque la muerte se encargó de meter la pata y la daga. Y la guadaña. Y su sombra se llevó lo más preciado que él tenía. No la vio más.

Hoy está sentado con su foto. La amaba. La ama. Un crimen dijo que hoy siente menos dolor. Mentira. El dolor se profundizó. Tanto tanto que no puede dejar de balbucear su nombre tras las rejas con la mirada en la foto. Una cama fue el puntapié inicial del péndulo que le dio fin a su vida. Una sábana blanca, impecable, tiñó de negro sus ojos, que vieron ese color cuando se animó a saltar de aquella cama en la que nunca durmió y no va a dormir jamás. Porque se durmió para siempre. Sosegando el dolor. Esta vez sí.

Ella nunca había engañado a nadie. El tampoco. Ni siquiera a sí mismo.
 

11.639 visitas al 30 de setiembre de 2017