martes, 18 de noviembre de 2014

Perdonando la vida

“La vida te depara cosas peores”, leyó el tipo en un cartel que hacía las veces de indicador de destino , tras lo cual fue corriendo a buscarlo. Quiso tropezar. No importa que le deparen enormes obstáculos. No importa que lo esperaban grandes proezas y grandes miserias. Lo único que le importaba al flaco era andar. En lo posible, contento. Con su vida. Porque la vida le iba a deparar cosas peores seguramente. Le auguraba la muerte respirándole en la nuca. Permanentemente. Pero él no le tenía miedo. El iba. Hacía cosas que le podían provocar la muerte pero las hacía igual. Quizás buscándola. Provocándola. Haciéndole una burla a la vida, que tanto amaba. Esas cosas que no se valoran cuando se tienen o que se valoran en exceso, que es lo mismo.


Siguió caminando. Se cruzó con un par de hermosas piernas. Las siguió. Una pollera roja. Camisa blanca, que se dejaba traslucir la ropa interior. Pensó cómo la desnudaría si la tuviese en sus brazos. Pensó que le encantaría tenerla. Cuando la volvi´a mirar no estaba más se había metido en un negocio de ropa. Pero él no se había dado cuenta por, en el afán por tenerla, la perdió. Y así era con todo. Mientras más se aferraba a la vida más la empezaba a perder.
Un buen día pasó lo inesperado. Un diagnóstico le detectó una enfermedad mortífera, mortal, letal. Buscaba cada uno de los sinónimos que lo llevaría al fin de sus días. Esta vez era en serio. No era joda no era un guiño a la vida coqueteando con la muerte. Era posta. Real. No sabía si estaba bien o mal. Era real.
Empezó a retrotraerse en recuerdos acerca de cómo la pudo haber contraído. Pasaban las imágenes más oscuras por su cabeza. Las más perversas. Las más siniestras sabiendo el producto final, que era ese diagnóstico. Pero en su momento no fueron siniestras, perversas, ni oscuras. Era el momento en que el chabón se había permitido vivir, se había permitido la plenitud y el sentido de la vida. Las misma vida que en ese momento le estaba jugando un revés. Sintió el raquetazo en su cara. Como si no le hubiesen permitido disfrutar de ese permiso que él mismo se había otorgado.
Pensó mal. Despotricó. Se preguntaba por qué a él que era un ser tan seguro de sí mismo. No hay seguridad que baste ante semejante baldazo de agua fría. Seguro estaba más preso que nunca. Con perpetua. La seguridad le causaba gracia. Era lo único que le hizo esbozar una sonrisa socarrona e irónica.

Vio la pared en su cabeza. Se la figuró. No la vio físicamente. Y se acordó de esa frase en aerosol pintado muy desprolijamente que decía: “La vida te depara cosas peores”. Por eso pensó que había que disfrutar, cada momento. Pedir disculpas ante las ofensas a los seres queridos. Sólo a los queridos. Pensó que los otros se curtan.  Pensó que la vida te da sorpresas. Era verdad. Hasta sorpresas que contienen signo contrario. Las dos caras de una misma moneda. Porque la muerte siempre está a la vuelta de la esquina. Espiando. Relamiéndose, permanentemente, y perdonando la vida.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuando la realidad social supera la ficción política

“El obrero es el más pobre cuanto más riqueza produce. Cuanto más crece su producción en potencia y volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuanto más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también así mismo y al obrero como mercancía y justamente, en la proporción en que produce mercancías en general. Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor.
El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa. El producto es la objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del trabajo aparece en el estadio de la Economía Política como desrealización del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como enajenación”.

Marx, Karl; Manuscritos.

Lucidez analítica acerca del trabajo

“A los representantes privilegiados del trabajo nervioso corresponden todos los beneficios, pero también todas las corrupciones de la civilización existente. Hacia ellos fluyen la riqueza, el lujo, la comodidad, el bienestar, las alegrías familiares y el disfrute exclusivo de la libertad política, junto con el poder para explotar el trabajo de millones de obreros y gobernarlos a voluntad en aras del propio interés, es decir de todas las creaciones, todos los refinamientos de la imaginación y el pensamiento que les proporcionan el poder necesario para hombres completos y todos los venenos de una humanidad pervertida por el privilegio. ¿Y qué les queda para los representantes del trabajo muscular? Una inevitable pobreza donde faltan incluso alegrías de la vida familiar, ignorancia, barbarie y casi podríamos decir una forzada bestialidad”


Mijail Bakunin, Escritos de Filosofía Política 



Cualquier semejanza con lo ocurrido en el Concejo Deliberante en las últimas sesiones es pura coincidencia. O no.

martes, 4 de noviembre de 2014

Las guerras


Durante el siglo 20 se han desarrollado una serie de guerras que fue viviendo la humanidad, a raíz de las cuales se dice que fue un período sangriento. Algunos autores afirman que las revoluciones sociales formaron parte de ellas. Sin embargo, hay dos grandes guerras que desataron el furor del poder capitalista abocado a la construcción de armamentos entre las empresas que a ello se dedicaban y los gobiernos, que a ello se dedicaron, gobernados por el inmenso poderío económico forjado por esas empresas y otras multinacionales que hacían hamburguesas y gaseosas.
Los años postreros a esas guerras dejaron infinidad de muertos, mutilados, desertores, emigrados, inmigrados, finales de sueños, de proyectos, de tradiciones, y engendraron un nuevo mundo sintéticamente como el que vivimos en nuestros días. Cualquier foráneo a nuestro mundo pensará que aprendimos de los errores y de los horrores que dejó la infinidad de matanzas y el saldo infinito de esas guerras económico-políticas. La respuesta es más que obvia y sorprendente. Hasta los perros ven el fuego y le huyen. El hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra, dicen por ahí.
Luego de la finitud del siglo corto número xx, en palabras del propio historiador Eric Hobsbawn, iniciamos un nuevo milenio. El mismo que vivimos hoy en día y del que los de afuera miran con estupefacción al ver que continuamos con las mismas tesituras, pero distintos motivos para bombardear.
Quien quiera hacer una seguidilla de los motivos por los cuales se conecta un botón que con sólo oprimirlo pueda hacer desaparecer un país, basta con ver revisar el historial de la producción de la industria cultural hollywoodense para saber cuál era el enemigo de moda, según las necesidades de la Casa Blanca y del presidente de turno, sea republicano o demócrata, que disimula mejor el enano fascista que llevan ínsito.
En una época, y como ejemplo, la guerra fría traducida en la pelea de box entre un Rocky embanderado entre estrellas y franjas rojiblancas, y por el otro, Iván Drago, el ruso con cara de nefasto, malo, molesto y comunista, bajo la bandera soviética.

Hoy la guerra se centra en el petróleo. Mañana en el agua. Mañana ya es hoy. Con la inmensa cantidad de capitales extranjeros instalados en la Patagonia y el engendro de conflictos entre países limítrofes, tras la implementación de políticas económicas latinoamericanas regionalizadas. Sin embargo, hay un descreimiento muy grande de todo lo que provenga de la industria cultural yanqui, después de todo lo que ha engañado en torno al sometimiento mental que generó, producto de la prioridad de consumo que le daban los gobiernos que querían instaurar un régimen cultural neoliberal con la compra de un cine que devele los modelos a imitar de una sociedad imbuida en las contradicciones del capital.

En definitiva, y tras varios años de engaño cultural, hay una afluencia crítica que indica que hay una consciencia muy grande en torno a quienes detentan las guerras y no tienen empacho en apretar un botón y quitarle los brazos a una madre que está abrazando sus hijos, como síntoma de protección ante la barbarie humana.


11152 visitas al 20 de marzo de 2017