lunes, 15 de septiembre de 2014

Un tal Bolívar


“La astucia de la razón” (Hegel)

Hijo de una elite criolla, los mantuanos. Simón Pedro. En esta piedra edificarás iglesia. Así le decían de pequeño a un purrete que sentía como una cachetada a una compañía que traficaba esclavos. Ya desde entonces aborrecía la explotación.
Criado con pecho cubano, no era para menos. Las ironías del destino a flor de piel en la historia de Sudamérica. Querían que tomara los hábitos en la cuestión religiosa, pero siempre tuvo la personalidad de fierro como para acatar las órdenes del pasado que acechaba cada vez que miraba con amor el porvenir. Por lo que se dedicó a la maestranza y a la docencia en la escuela pública.
De chico ya poseía los libros que formarían una personalidad fuerte. El Emilio de Rousseau hizo de él la decisión. Y que ninguna autoridad lo gobierne, más que su propio corazón, que no tenía más razón que entender que las que emanaban del corazón del mismo.
Los aires de revolución ya eran vendavales en la cabeza de este incipiente libertador. Las escuelas tenían que abrirse al pueblo. Porque el poder se desestabiliza cuando tiene una base social culta y sabia que ya no necesita quien la gobierne. Porque detenta tanta inteligencia que florece que las primaveras ya no requieren de delimitadores; porque los jardines florecen solos, se pueden gobernar por sí mismos. Entretanto, los administradores del poder temen la sabiduría de las masas. Para estos contadores de la felicidad ajena las masas deben permanecer incultas, brutas, ignorantes, dependientes del papá Estado, del estado de cosas reinante llamado statu quo, con nombre y apellido vigente, reproductor de desigualdades, en beneficio de quienes detentan el tan mentado poder económico y, por ende, político, social y hasta de la industria cultural.
Ante tanta represión porque no fluya la tan buscada educación perdida, surgen pequeños focos, no tan redundantemente iluminados, que hacen consciente esta situación y emerge históricamente un fuego revolucionario de abajo hacia arriba. Como todo lo reprimido, inútilmente reprimido, vanamente. Tiende a aflorar en diversas manifestaciones. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Se tapa. No se dice nada y se miente tanto después. Aflora no sólo con la forma primeramente reprimida, sino en una tensión de opuestos que desemboca en una síntesis que hace mella en el inicio de este escrito que se en cabeza bajo la frase “La astucia de la razón”, que alude a Hegel.
Simón Rodríguez era, además de su homónimo, quien lo inició en el arte de las letras. Cuando muere dice una estremecedora frase: “ yo quise hacer de la tierra un paraíso para ustedes; lo hice un infierno para mí…” Y su ejemplo quedó como una impronta en el libertador. Todo ello después de haberse sublevado a la reticencia por parte del poder a realizar y construir un pueblo sabio y libre. Pero quedaría su discípulo Simón…Bolívar.
Era adolescente. Vio todo. Pero no participó hasta entonces. Pero albergaba en su cabeza y corazón cómo venía el asunto.
De paso por la Europa, Simón se codeaba con la elite europea. Hasta llegó a jugar a la raqueta con Fernando VII. De u raquetazo que a Fernando molestó. Parecía una jugarreta del destino. Para que se vaya acostumbrando que de un raquetazo le iba a sacar la corona al rey del virreinato del rio de la plata. Un incidente que surgió como ironía del destino para hacerse bien real, como eran las tropas que luchaban en la américa para mantener el poderío español sobre las colonias.
Entretanto, su vida amorosa iba a durar poco. Los tejes y manejes que realizó Simón para conquistar a la hija de un Marqués español a quien enfrentó diciéndole en forma directa, sin tapujos, que quería casarse con su hija. Se terminó casando. Pero la muerte que es celosa y es mujer se encaprichó con ellos ocho días después de la boda. Bolívar dijo que si no hubiese enviudado tan joven no hubiera sido el libertador. Aunque no se hubiera quedado tranquilo solamente siendo Alcalde de San Mateo.
Bolívar vuelve a España para ver a sus suegros. Allí hace los primeros contactos con la Logia de Cádiz, donde se reunían los que encendían la mecha de la revolución libertadora de América.
En ese momento ve cómo coronan a Napoleón. Se queda estremecido por el vitoreo popular a su héroe, no por el héroe en sí sino por el fervor popular. Lo sentiría más tarde. Admiraba el fervor popular.
La fallida invasión inglesa dio pie a la autogestión del pueblo colonial para defenderse tras los fallidos intentos de la corona española por evitarlo.
Bolívar ve esto y vuelve a su América natal para llevar a cabo su ideal libertador. Londres decía ni fu ni fa. Quería asegurarse el comercio con América. No quería romper relaciones con España pero apoyaba los movimientos emancipadores americanos para generar un vínculo comercial que, de hecho, sometió a la Argentina durante todo el transcurso de su historia posterior con claras desventajas comerciales en perjuicio de la america naciente.
“Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, decía Bolívar en torno al terremoto que había desolado a 20.000 personas, un cuarto de la población venezolana, mientras las fuerzas realistas aprovechaban la desgracia y avanzaban. Así caía la primera tentativa de república en manos de los realistas: Miranda firma un armisticio con las tropas realistas a quienes les entregaba Venezuela.
En Cartagena de Indias se rearmó Bolívar con su tropa y fue nombrado Libertador. Mientras se pasaba a cuchillo a todos los que se oponían a la corona española y a quienes eran sus propulsores.
Tras un discurso sumamente alentador y unificador de la América para los americanos Bolívar inicia la gran revolución en palabras: “Dios concede la victoria a la constancia”.
Mientras, Inglaterra aprovechaba la ambigua posición para hacer grandes negociados. “Es más difícil sacar a un pueblo de la servidumbre que subyugar a uno libre”
Más allá de esto, el Libertador estaba bien dispuesto a luchar por la Patria Grande Latinoamericana, soñando con un Congreso en el istmo de Panamá negociando con el restod el continente.
Daba a la educación la jerarquía de un cuarto poder del Estado: el moral. Y hablando de eso, finalmente, después de tanto ideal compartido y soñado, se encuentran. Se abrazan. Charlas, despedidas, humildades. Bolívar tenía a su lado a un amigo con quien compartir enemigos. San Martín lo vio gigante. Estaba cansado. Le ofreció sus tropas y obedecer sus órdenes. Bolívar no lo podía creer. De ninguna manera iba a aceptar semejante responsabilidad de mandar a un guerrero de la talla del General. Bolívar lo notó tan noble y de una grandeza moral inusitada. Don José Francisco dijo al pueblo peruano que cualquier cosa iba a estar Bolívar, quien los iba a ayudar a deshacerse de las invasiones realistas.
Y así fue la batalla de Ayacucho fue la última librada para conquistar la independencia americana y sacarse de encima el yugo realista español. ¿Y los ingleses? Acá empieza otro tipo de independencia más diplomática y comercial en los capítulos de historia argentina que prosiguen a este humilde ensayo basado en un capítulo de Felipe Pigna y su libro Los Libertadores de América.

Por su parte, Bolívar muere. Como todo ser humano. Pero como ninguno con esta carta a su pueblo, a quien tanto admiraba en su fervor: “Simplemente contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

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