jueves, 28 de febrero de 2013

HEMINGWAY Y LA NADA



Basta de pasar facturas a dios, dijo el tema de Cordera y Céspedes cuando eran amigos en el disco Asquerosa Alegría de Bersuit del ’93. Así termina un cuento de Hemingway, el viejo que se suicidó en Cuba después de hablar constantemente del suicidio en sus cuentos. Crónica de una muerte anunciada, decía García Márquez.

En el contexto de un bar, se encuentran un viejo borracho que un día se había querido suicidar y un camarero que se quería ir a dormir temprano; el cuento termina diciendo que el camarero le teme a la nada misma, que conocía demasiado bien. “…Todo era una nada y un hombre también era una nada. Era sólo eso, y luz era todo lo que necesitaba (el viejo) y un poco de orden y limpieza. Algunos vivían en ella y nunca la sentían pero él sabía que todo era nada y pues nada y pues nada y pues nada. Nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, nada a nosotros tu reino y hágase tu nada así en la nada como en la nada. La nada nuestra de cada día dánosla hoy y nada nuestras nadas, así como nosotros nada a nuestros nadas, no nos dejes nada en la nada más líbranos de la nada; pues nada. Nada te salve de nada, llena eres de nada, la nada esté contigo…”

Esto es muy fuerte para el invento religioso de que hay un dios, como que hay escasez de agua en el mundo. El querido viejo suicidado Hemingway nos pone en la piel del camarero para ver que nada tiene sentido y que permanentemente nos inventamos causas que nos alimente el bienestar de pensar que no sólo esta horripilante vida (se terminó suicidando) se nos presenta ante nuestra existencia. También está nuestra imaginación y nuestra capacidad de pensar que ello será realidad. Pero con la diferencia que tanto el viejo del bar como el viejo Hemingway, que en el cuento y en la realidad se identifican más que nunca, ya perdieron todo esbozo de imaginación para sentirse atrapados por la felicidad ficticia y fugaz de pensar que hay algo más que alcanzar; un paraíso me espera, dijo. Pero esta vez estaba hablando del paraíso final. ¿Alguien vislumbró que el viejo Hemingway se iba a pegar un tiro aquel 2 de julio de 1961 con sólo 6 décadas de vida, borracho y en soledad, como se autodescribía en los personajes de sus cuentos?

Por eso, el viejo y el mar también era eso. El viejo y la nada. El viejo y dejar de pasar facturas a la existencia de dios. Déjense de joder con eso, decía el viejo. Que ya no hay nada más. Sólo un profundo dolor de existir, la soledad, el mar, la pesca y la imaginación que ya fue volcada en mis libros, que son mi legado.
 

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