lunes, 23 de abril de 2012

POR ALGO SE EMPIEZA


Trabajar para la justicia o justicia trabajando para uno. En ese caso ¿para quién?. Papeles , papeles y más papeles. Celulosa con cara de caos cuando la burocracia es un mecanismo destinado a ordenar. Desorden. El que quiso evitar un gobierno sin el voto popular. Muertes en pos del orden. Gente que pasó a ser un ente, que no están, que están desaparecidos. O peor, que se escaparon de la casa. Mucha sangre costó el orden. Censura mediática que aman algunos medios a cuya mordaza se adaptaron perfectamente hoy alzan la voz a favor de la libertad de expresión. Al menos, irónico, ¿no? Hipocresía, quizás. La cuestión es que detrás de esos papeles sigue habiendo gente que , a su vez, sigue rodeada de esos mismos papeles que pretenden meter orden a una realidad desordenada, dinámica, desclasificada, desencasillada, tan poco europea y menos aún, yanqui. Que esos papeles cuya pretensión es organizar desorganizan que la gente coma, se eduque y que tenga una cobertura de salud gratuita y realmente eficiente.


Pero no. Pequeños clishés con membretes en soportes de celulosa que contaminan la necesidad en el proceso de fabricación avasallando árboles, pequeños grandes seres vivos que nos brindan nada más ni nada menos que oxígeno, elemento químico fundamental para la vida del hombre.

Pero volviendo al punto de partida. La justicia. Tan lejos de la seguridad. Otro de los cuentos que nos contaron. Los ricos son buenos y los pobres malos. Por ende, los buenos necesitan de leyes que los protejan para que los malos no se les vengan encima y de esta manera que puedan seguir sus vidas. La subjetividad del término. La hermenéutica que se le imprimen a las palabras y las cosas, diría Foucault. La variedad de interpretaciones que generan los hechos y lo que se vende como única verdad, intereses de por medio. La gente que se come la voz de quien se aprovecha de su falta de instrucción y educación.

Entonces, ¿para qué sector de la sociedad se inventaron las leyes? La puja entre el ser y el deber ser quizá conteste la pregunta. El sistema penal como represión selectiva de aquellos que muestran las contradicciones más acérrimas del statu quo vigente en el que no hay lugar para todos ( y todas). Donde los pocos que disputan el poder se van eliminando uno por uno en ejercicio de conspiraciones tan secretas que salen a la luz bajo el influjo mediático en ideas subliminales que revelan cómo deshacerme de quien considero enemigo, del distinto a uno mismo, que seguramente quiere avasallar nuestra libertad. Una libertad ficticia , formal, que se cree real y se defiende a rajatabla.

Consumimos diariamente innumerables formas de neutralizarnos. En un intento hobbesiano (el hombre es el lobo del hombre, ¿se acuerdan?) de salvarnos nuestro propio pellejo a costa de hundir al otro sin más códigos que un hacha en la mano.


Divide y reinarás. Enemistad entre los súbditos. Generad discordia y engendrarás poder. Enloquecer y generar la  necesidad legitimadora de poder. De que alguien organice este caos. Bajo este método perverso, basado en “las reglas del juego” darwiniano, se construye un sistema perverso cuya última preocupación es la necesidad de la gente.

Que esta misma gente, perdida en el medio de este caos, con temor (el miedo manipulador de masas) pida justicia. Una justicia que confunde con seguridad. Una seguridad que confunde con más represión y más policías en las calles. Que lo único que genera es más violencia generadora de conflictos armados, construidos, ideados. Cada conflicto es una semilla que va sembrando la obsesión virtual de la mirada en la pantalla. Y la credibilidad intacta en el discurso televisivo, agencia mediática generadora de conflictos de los que vive. Y ni hablar de la dependencia tecnológica a cualquier tipo de pantalla virtual como la presente que evade todo tipo de construcción a través del diálogo y que genera cada vez más distancia a través de mensajes de palabras cortas que generan un sinfín de sentidos. Y la paranoia social y la histeria colectiva que sufre hoy la sociedad hace que el sentido de esos mensajes tengan un contenido y una denotación violenta y enfrentadora.



La falta de propuestas de reencontrar al hombre que se sienta a buscar los canales de diálogo con la escasez de tiempo en la que se vive genera una crisis comunicacional que es funcional al sistema precedentemente mencionado. Mientras tanto , hay una realidad que necesita del hombre que parece no ser más tal. Una realidad que precisa de su ser, de su esencia y su genuina entraña que es insoslayable. Más aún que cualquier especie de especulación. Porque hay problemas que las máquinas no resuelven. Que necesitan de la genuina inteligencia del hombre y no de la ingenua asimilación cognitiva de su mente a un ordenador de pc. Y no sólo del hombre. Sino de todos los hombres. De todos y todas, ya que está tan en boga decirlo. Y que va más allá de cualquier intento vano de separación de la especie y de hacerle perder fuerza a su unión.

Leyes que no figuran en ningún lado. Códigos que no se compran en ninguna librería jurídica. Esfuerzos que dan más frutos que la separación y la mirada de desconfianza de unos a otros. Cambios de terminología. No desde el yo , sino desde el nosotros. Puntapié inicial para vernos como seres humanos reflejados los unos en los otros con los mismos problemas. Es un proceso que Max Weber denominó empatía. Ni simpatía ni antipatía. Y en lo enmarcó dentro de lo que llamó sociología comprensiva. Por algo se empieza.    


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