miércoles, 4 de enero de 2012

Los arboles

Ahí está. Queriendo dejar un rastro del pasaje por su vida. Contando lo que nadie habla. Lo que nadie ve. O lo ve y se hace el zota o sota. No me acuerdo con qué inicial. Pero así lo dice un amigo. Un tipo despreocupado pero inundado de preocupaciones. Su preocupación es pasarla bien en una vida que quizá mañana termina. Pero no es la intención mencionar a su amigo. Sino de hablar de él y de las cosas que surgen de escuchar a los árboles cantar.
De ello surge mucho para escribir. Como si te dictasen a cada momento lo que tenés que decir. Acá pasé a primera persona del singular porque me pasa todo lo que le pasa. Esos sabios árboles que lo ven todo desde allá arriba cuyas raíces de experiencia lo aferran a la tierra como cable a tierra de nosotros mismos.
“Chupate un matecito que el hambre se va”, Arbolito canta desde la reivindicación de los vulnerables del sistema. El hambre, la pobreza, la miseria, la bronca impotente de la injusta desigualdad. Son un paisaje que nadie ve, ni nadie que la esté pasando bien quiere ver. Como mecanismo de defensa ante una realidad que nos pega cada vez menos de la mano de evasiones permanentes de todo tipo. Parece que cada vez se inventan más cosas para conectarnos cada vez más  y comunicarnos cada vez menos.
Le piden a dios que baje y le preguntan “¿qué hicieron de tu creatura padre?” y una vez más resuena la frase de Niestzche de que dios ha muerto , de que lo hemos matado nosotros. Como una catarsis secular que el hombre tomó en sus manos en pos de su individualista razón que tomó el poder dando comienzo al iluminismo, oscureciendo cada vez más las clases más vulnerables.
La inspiración musical ancestral que une espíritu y cuerpo, que une pueblos en plena beligerancia, que determina estados de ánimo, que muere por algo que nunca va a ser porque ya es otra cosa. La música como musa inspiradora. Valora el esfuerzo de todo ser humano. Quien se esmera por cagar más alto que el culo también tiene su música de mierda. Perdón por la expresión pero esas cosas lo exasperan. Tanto como a mí.
La ciudad donde vive está plagada de esa gente. Y él aborrece a esa gente. Le da por las pelotas  llegar a un lugar y lo miren de arriba abajo para ver lo que tiene puesto. Como si la pilcha determina si sos o no un ser humano. A lo mejor si los trajes fueran transparentes se vería la guita que se acaba de afanar un político, o un empresario. Pero son tan lindos a la vista que no importa lo que esconda, como la sotana de los curas. Que muchas desgracias y miserias más esconden. Pero eso sí son prolijos. Mente catos. Cuando te miran están mirando tus finanzas para ver lo que sos. Tus logros, tus éxitos. Si tenés propiedades. Proyectan sus frustraciones en los demás. Si no estás peinado con Glostora con raya al costado con peine y con el perfume más caro sos un negro de mierda, un hippie, un bohemio o peor, un zurdo o puto.
La ciudad de Videla. Pero también la ciudad de Felipe Pigna. Una ciudad conservadora de todo menos del ser humano. Al que esconde, desaparece. Donde la vida cuesta poco en manos de un grupo de pendejos bien vestidos que “ajustician” a un “villerito” que nadie va a reclamar. Y si lo reclaman, tranquilos que hay contactos.
Pero también están los arboles. También están los artistas, que todo registran y que todo cuentan en sus canciones, en sus obras de teatro, en sus poesías. Pero también existe la solidaridad en nombre de Candela, los afectos en un momento tan especial como el nacimiento de un hijo, el apoyo incondicional de amigos, hermanos, padres y aún en el fracaso, porque es fácil acompañar el éxito. La soledad acompañada de mis amores.  Y los árboles que fueron testigos de lo más lindo y lo más feo de la ciudad que mientras menos se empeña, más linda es, con todo lo feo que tiene. También es bonita la ciudad de la que tanto despotrico. Porque esté en el lugar donde esté siempre va a estar esperándome.
“Uno nace donde le toca; nace, crece, vive y muchas veces se muere donde le toca; en un pedazo de mapa al azar, entre tal calle y tal otra, en una esquirla de la civilización, en unos pocos y pobres metros en el mundo; pero aunque uno pase toda su vida intentando escaparse, intentando ser de todos los lugares y aunque uno se arranque la piel e intente olvidarla, unos siempre sabe que en algún domingo en el más frío como todos los inviernos o en la noche más larga de todos los veranos, siempre va estar la ciudad, su ciudad, esperándolo.” Recitado. Agarrate Catalina


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