lunes, 19 de diciembre de 2011

INSATISFECHA FELICIDAD

No se puede dormir. Es la segunda noche que piensa lo mismo. Por no contar los momentos diarios que hace lo mismo. El tema es el tiempo vacío de ella. No se sabe si fue, si volvió, si acompañó, si fue digna de la soledad. Obsesivo el tipo va hacia la rutina permanente, valga la redundancia. Rutina y permanente tumban su cabeza. Un miedo de mierda que se hace rutina e insomnio. Todo lo conduce a si ella estuvo con otro . Hasta los silencios se hacen asesinos. Desconfianza.  No hay nada que hacer. Es  su responsabilidad piensa por momentos y ahora se lamenta. Se tira sobre sí mismo el invento católico por excelencia y de un tremendo poder dominante: la culpa.


Piensa que ya es tarde para volver a esa inocencia que un día los llevó a pasear por el cielo, entre risas y palideces. Era todo nuevo en ese entonces. Ahora sucede que sus cabezas ya están contaminadas con tanta mierda que ven alrededor y se apagó la pasión.
Ahora no da más. Camina con los hombros bajos de resignación. Quiere saber pero contradictoriamente se pega a sí mismo consumiendo infiernos. Se queda pensando . Todo el tiempo. Paralizado frente a lo que tendría que estar atento. La mirada perdida como hombre mirando al sudeste. Miedo eterno a las pérdidas. Se aferra al tiempo, se hace conservador, aborreciéndolos. Hay una tremenda negación a hablar del asunto. Se sientan . Ni se miran. Almuerzan en silencio y se van a dormir una eterna siesta . En realidad, ellos desean que sea eterna. Vacío. Desde todo punto de vista. Un vacío acompañado. Recíproco.
 Miles de signos de pregunta acerca de si la vida merece ser vivida de esa manera en la cabeza de ella. Esa carga con forma de crucifixión. Se pregunta si ella tuvo la culpa de que Cristo haya muerto en la cruz. “Yo no vivía en esa época. ¿Por qué tengo que pagar esto?”, piensa acostado al lado de él. Sin querer, le da cosquilla en la mejilla y se da cuenta que lanzó una lágrima de espaldas a él que estaba entretenido mirando un partido de fútbol.
Piensa que ojalá un día me vaya bien lejos. Que saque toda la mierda que tengo adentro y se la tire en la cara. Ahí voy a estar bien, piensa. Angustiada ante la incertidumbre del amor. Se pregunta si eso es el verdadero amor. De la culpa que siente, piensa que exagera , que tienen que terminar juntos en la vida. Qué va decir la familia , sus padres lo s mirarán con ojos frustrados.  Piensa que él debe tener otra a esta altura. Ya no la toca, ni siquiera el beso de las buenas noches. No me quiere más , piensa. Lo imagina en brazos de otra mujer y llora más aún .

El infeliz mira el partido y no se da cuenta de nada. Pero lo mira pensando, lo mira sin ver. Porque piensa en separarse de esa mujer que una vez amó y ya no.
Los dos recuerdan en el mismo momento el tema de Jaoquín Sabina. “el agua apaga el fuego y al ardor los  años”. En ese momento ambos se llaman por su nombre a la misma vez y a la misma vez dicen “¿qué?”…silencio de sepulcro…nada, nada, dice él, y le pregunta vos que me querías decir. Y ella dice: “te iba a pedir si no podés bajar el volumen del televisor que no puedo dormir”. “sí, por supuesto”, dice él.

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