viernes, 11 de marzo de 2011

espero equivocarme

Un escritor no piensa “¿qué puedo escribir?. Un escritor escribe. Escribe porque no dice. Escribe porque no habla. Escribe porque ve cosas que, de alguna forma u otra, calla. Escribe lo que no dice. No dice lo que escribe.
Es un tipo apocado, solitario. Si hay compañía es poca. No es tipo común y corriente que va con alegría a pagar sus cuentas al banco. Hablo en términos generales, claro. Siempre hay contradicciones, gracias a Alá. O al dios que sea.
Quizás por momentos es simpático. Pero es poco feliz. Porque lee mucho y sabe más de lo que debería saber un cerebrito funcional a un sistema.  O tiene una felicidad salpicada de momentos o momentos salpicados de felicidad, como granitos de papel picados con un punzón.
Un escritor lee. Lee mucho. Pero no estudia. Lee. Por el mero arte de saber. Que no es mero. No técnicamente cada detalle de lo que esta analizando. Aveces entra en detalles. Pero tiene una cultura general muy vasta. Una especie del que mucho abarca poco aprieta. Porque el escritor no tiene la cabeza muy amplia como para apretar. Es un tipo espontáneo, simple, sincero hasta la brutalidad, crítico (o debería serlo).
Uno de los escritores que me conmovió fue Martín Caparrós en su libro “Amor y anarquía” que contaba la vida de una adolescente incomprendida universalmente, símbolo de una rebelión visceral; gurisa de barrio norte que, al no cuajar en la sociedad voraz de consumo, armó las valijas y se fue a vivir a Italia. Libro absolutamente recomendable. Apasionante. Me lo recomendó el muchacho de la librería y la pegó.
El escritor es eso. Es un tipo que se mete en la piel de lo que analiza y te lo cuenta como si lo estuviera viviendo. No me vengan con la mentira de que el escritor debe ser imparcial y objetivo. Los objetivos los dejamos para los militares y lo imparcial a los jueces. Y ni siquiera. Porque ellos también son sujetos que emiten subjetividades, que sienten, piensan, se angustian, se cagan, se mean, sienten culpa, tienen brotes de rabia, y hasta cometen delitos. Son seres humanos. Básicamente, son hombres. Y no sólo básicamente, sino en su insoportable levedad de su ser, diría Kundera. Y un hombre tiene todos estos sentimientos encontrados.
En fin, el escritor también es un hombre que calla lo que escribe. Y escribe lo que calla.
Por eso la escritura está considerada como una de las artes catárticas y terapéuticos desde tiempos inmemoriales, como todo tipo de arte. Esa elevación del espíritu por sobre los cuerpos que está exenta de errores. Ese juego donde todo vale, o bale. Hasta lo más absurdo. Donde, como, dijo el calvo Cordera, uno disfruta de tropezar, donde la vida misma es una “composición toda corrida que destaca la equivocación y las mentiras”; y sigue el que “juega con la realidad es un suicida que dialoga con la pared toda la vida”.
Eso es un escritor. La vida en borrador. Vivir descalzo. Y si es posible en pelotas. “Deberíamos andar desnudos para sentirnos mejor”, canta La Vela Puerca.
Y bueno, ya que estoy escribiendo, allá voy. Espero equivocarme.

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