jueves, 3 de marzo de 2011

HASTA DONDE DEBEMOS PRACTICAR LAS VERDADES

En Diez días que conmovieron al mundo, se transcribe cómo el autor fue plasmando ese dolor que sentía el pueblo . Ese dolor que fue transformado en pasión por terminar con las injusticias sociales de un zarismo que se perpetuaba en el poder. En el medio, un gobierno provisional de Kerensky que dejaba mucho que desear con lábiles reformas y seguía matando de hambre a un pueblo ya enfurecido y vinculado con los Soviets. Los Soviets pasaron a ser ese pueblo enfurecido. Campesinos, obreros, soldados, tal como se ve en el célebre film de Eisestein, El acorazado Potemkim.
Sin perjuicio de ello, se peleaba por un ideal, por el pueblo, que estaba unido en un conjunto por una causa común: la libertad, y más que ese tesoro tan preciado ( que termino siendo acotada) , por la igualdad. La toma del poder fue inminente en pos de este principio igualitario que laxamente nos rige en nuestro artículo 16 de una Constitución Nacional con la que se limpió el traste más de una vez.
Lo cierto es que estamos muy lejos de eso. Estamos muy lejos de conseguir dejar el sucio ombligo de uno mismo (parece estar con mucha mugre y vernos a nosotros en un conjunto de iguales. Con este humilde esbozo, estoy muy lejos de pintar de rojo a la bandera argentina. De eso ya se encargaron otras milicias de una manera patética. Es una pena. Sería todo mucho más genuino, más digno de vivir. Menos violencia, menos inseguridad, palabra utilizada por los medios de comunicación para sembrar el miedo. Ese miedo que gobierna y manipula.
Empezaría con la violencia. Los cambios suelen ser violentos para el ser humano que, según Gustavo Cordera, “si algo tiene que cambiar, todos cerramos los ojos. Y atravesando el miedo, esta la libertad… pero sólo lo que lastima, provoca un poder revolucionario…y atravesando infiernos, está la claridad…pero es de humanos negar, si algo tiene que cambiar, todos cerramos los ojos.”
Según Marx, “la violencia es la partera de la historia”. Después de todo el quilombo, vendría un estado de calma social. Es igual que cuandolas cosas se colman de una entidad tan pesada y tan pesada hasta que se liberan y llegan a la plenitud.
Acá ocurre algo similar. Un pueblo plagado de injusticias acumuladas estalla, hasta que logra cierta armonía momentánea; esa armonía vuelve a colmarse y estalla nuevamente. Pero para que no estalle hay diversos mecanismos de control. Distractores que hacen que el tipo se quede piola. El miedo es uno de ellos.
Hegel lo llamó dialéctica. Y Marx se basó en él para analizar críticamente la cuestión social desde la economía como base estructural que determina una superestructura política, jurídica, cultural e ideológica; y sí, era extremadamente completo este economista que además era periodista y que se lo puede estudiar desde todas las disciplinas que aborden al hombre.
La cuestión es que estos postulados fueron utilizados más tarde por la fuerza obrera que él denominaba fuerza de trabajo. Y dio origen a la revolución rusa entre otras cosas. Una rusia que se pasó a llamar Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y en el cordón oriental europeo como Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, entre otros. Hoy se viven diversos atentados en Chechenia, en la misma Moscú y hay descontento generalizado en un país que fue una fusión de regiones que vivió muertes bajo el régimen zarista y bajo la dureza de Stalin.
En fin, en cada generalidad cabe una excepción. Y de repente esa excepción pasa a ser mayoría con lo cual se convierte en generalidad. Hasta dónde debemos practicar las verdades, canta Silvio Rodríguez, si alguien roba comida y después da la vida, ¿qué hacer?


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