miércoles, 16 de febrero de 2011

LA CIUDAD DE DON PIRULERO

Y acá estoy de vacaciones. Qué embole. Y, por otra parte, qué bueno que es estar al pedo. Lo que noto es demasiada envidia aveces. Envidia foránea. De la jodida. Algunas personas en esta ciudad son envidiosas. Si a alguien le va relativamente bien ya lo miran con ojos raros. No por nada la gente que triunfa afuera  es mal vista o no muy querida, aveces. Le sacan el cuero.
En fin, las vacaciones que me permite un trabajo. Mes y medio. De los que me ven, la mayoría me cagan a puteadas. Me odian porque tengo extensas vacaciones. Yo me empiezo a cuestionar lo genuino de ese sentimiento de amor de esa persona hacia mí. ¿No era que me apreciaban? ¿no tendrían que estar contentos de que a un ser querido le va bien y que tiene la fortuna de gozar de un mes y medio de vacaciones? ¿no tendrían que estar contentos como lo estaría yo por ellos si les pasara?. Si a alguien que uno quiere tiene un beneficio cualquiera ¿no lo alegra a uno?
Bueno no. Acá todo es al revés. Nada el pájaro y vuela el pez. Si a alguien le va bien hay que odiarlo, cuando no hundirlo; hacer que la vida le duela como le dolió a Cristo. Llevar una cruz en el pecho, clavada, por el sólo hecho de existir. De venir al mundo. Porque El o el o Hel sufrió por nosotros todos. Ahora, cual si fuera un karma, todos tenemos que sufrir por “Él”. Y si, con un esfuezo sobrehumano, uno trata de sentirse lo mejor que puede,de estar contento simplemente con lo que tiene, de esbozar una sonrisa aunque todo esté mal, el otro lo mira con desconfianza, piensa que es un “cabeza fresca”, que no le importa nada. Si hay algo que dijo el pecador por ser comunista Silvio Rodríguez, “quedamos los que puedan sonreír, en medio de la muerte, en plena luz” en Al final de este viaje. Pero al tipo loco que sonríe en medio de la desgracia sí le importa. Cosas más sublimes quizás. Está muy lejos de hacerse problemas que vienen de catarsis reprimidas tales como que detrás de una muerte que fue bien llorada se esconde el llanto de la imposibilidad de adquirir el último modelo de zapatillas Nike con aire en las rodillas a través de un mecanismo que va por dentro de la sangre humana y que cuesta una tranfusión o una parte del corazón, si es donde despierta la aorta, mejor. Tampoco se preocupa por tener ese perfume que te lo ponés y dura hasta el cajón. Que te van a visitar ya muerte y se huele el Paco Rabanne que te pusieron en tu primera comunión; tampoco se preocupa si el vecino la tiene más grande : si, lo que sea, la ventana , la moto, la uña, etc.
En definitiva, no se fija en la desgastante lucha de ver quién la tiene más larga. Simplemente, vive. Y vivir simplemente cada vez se torna más compleja a la falta de personalidad de las miradas de los demás que tienen tiempo para observar al de al lado que no cumple con sus expectativas.
¿Será incapacidad del resto de vivir un poco más relajados o despreocupación de este Carlos al que se le hace difícil ser feliz y hace todo lo posible con la simple valoración de lo que tiene sin tener que lamerle los calcetines a algún que otro jerarca.
En fin, bienvenido a una ciudad que de lejos se extraña. Donde la mirada de los otros prevalece sobre lo auténtico. Sobre el auténtico bienestar de uno mismo. Donde el qué dirán tiene un papel preponderante. Donde se impone una religión y donde “cada cual, cada cual atiende su juego, y el que no y el que no una prenda tendrá”.
Por suerte, se avizoran tiempos mejores. Tengo una mínima esperanza que creí perdida. Vamos Mercedes, todavía, diría un grande desde el cielo, el gran Lorusso.

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